El color del silencio
Stefanny Gutiérrez

El color es un medio para ejercer una influencia
directa sobre el alma. El color es el teclado. El
alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es
la mano que por esta o aquella tecla hace vibrar
adecuadamente el alma humana.
Kandinsky, V., De lo espiritual en el arte

——–¿Cuál es el tacto del color blanco? ¿A qué sabe la palabra «libro»? ¿A qué huele un «te amo»? ¿Qué sinfonía se escucha al ver el arcoíris? Probablemente estas sean preguntas que solo puede responder un sinestésico…, o un artista.

——–Científicamente, la sinestesia es la unión de sensaciones. Quienes poseen este fenómeno fisiológico pueden percibir dos actividades sensoriales simultáneas a partir del mismo estímulo. Imagínese, mi querido lector, que al usted escuchar un sonido automáticamente vea su color en la mente o perciba su olor o, incluso, pueda degustar el sabor de ese sonido en su lengua. Impresionante, ¿no? Sería una forma completamente diferente de apreciar el mundo. Sería, tal vez, la forma más orgánica y creativa de percibirlo.

——–No resulta una casualidad que esta condición haya estado presente en la vida de algunas de las más impresionantes mentes de la historia. El escritor Vladimir Nabókov, por ejemplo, quien afirmaba compartir un vínculo sinestésico con su esposa; Kandinsky, uno de los más grandes teóricos del arte; el compositor Wagner, quien componía sus sinfonías con colores; la actriz Marilyn Monroe, con su visión tan particular de la vida en su época; inclusive, recientemente, la cantante Lady Gaga ha afirmado ser sinestésica.

——–¿Y si todos hemos nacido sinestésicos? ¿Y si ha sido la sociedad quien nos ha quitado la sensibilidad sinestésica propia del ser humano? Algunos científicos que estudian este fenómeno especulan que el feto humano tiene, durante las primeras semanas de gestación, las características neuronales de una persona sinestésica: sus neuronas se encuentran todas conectadas entre sí. Luego, mediante una organización del cerebro, los centros sensoriales se separan de acuerdo al sentido al que pertenecen. Parece que la regla de oro para sobrevivir en este mundo es precisamente la no sensibilidad o, tal vez, una sensibilidad homogeneizada.

——–Solo mire a su alrededor, verá usted que las aparentes formas en las que se ha percibido, descrito, construido, escrito y visualizado el mundo no varían mucho de persona a persona. Parecemos seguir un patrón de vidas paralelas, todas construidas sobre un mismo modelo, un modelo que se nos ha ido inyectando poco a poco en la mente, desde la primera palabra que nos silenciaron cuando éramos pequeños, hasta aquella ocasión en que nos dijeron cómo debíamos vivir, amar, actuar y sentir. ¿Es realmente tan poca la creatividad del ser humano que se conforma con lo que le ordenan ser?, ¿o será, más bien, el miedo a lo que se puede encontrar lo que impide pensar y sentir fuera de los límites?

——–La creatividad parece ser una condición innata del ser humano, por lo menos durante los primeros años de vida. Recuerde, por favor, esos años de ingenuidad, de preguntas simples que podían responderlo todo, de sueños que nunca parecieron inalcanzables y de emociones que no estaban teñidas de miedo. Seguramente ya la nostalgia hace presencia en sus recuerdos, mi querido lector. Hoy todo parece ser diferente, ¿o me va a decir, usted, que se arriesga tanto a exponer sus ideas y sentimientos con la misma elocuencia e ímpetu con que lo hacía antes? Si la respuesta es afirmativa, permítame expresarle mi más sincera envidia.

——–Tal vez pequemos por idealistas. Es decir, ¿qué tan saludable sería una sociedad en la que todos expresaran abiertamente su forma de percibir el mundo por más particular que parezca?, ¿qué tan conveniente sería darle rienda suelta a las palabras de los sentires diferentes? ¿Será, acaso, que en su silencio la gente comprende el poder que tienen el sentir, la expresión, la palabra y la diferencia y por eso se han empeñado en reprimirlos?

——–Hoy todo parece un intento por anestesiarnos del peso de ser, por reprimir la curiosidad innata, por atemorizar ese espíritu explorador con el que andamos. Dormimos los sentidos o, aún peor, los coaccionamos a sentir solamente lo que se nos ordena, lo que está permitido, lo que es saludable. Ese es el color del silencio que nos han impuesto. ¿Quién dijo que no puede ser multicolor o blanco o azul? ¿Quién dijo que no puede tener olor o sabor? Nadie puede asegurar realmente eso. Hoy sabemos que una rara condición llamada sinestesia puede cambiarlo todo.

——–Nos han constituido en una forma de percepción errada, lejos de su materia genuina y lejos de la realidad original que nos pertenece. Pero estoy convencida de que el mundo pertenece a los insolentes que se atreven a transgredir las normas en todos sus niveles, aun el más básico; a quienes se arriesgan a abrir sus mentes aun sabiendo que nunca verán las cosas como antes, que nunca sentirán lo mismo, que las emociones cambian, mutan y desaparecen y no hay por qué quererlas permanentes. Pertenece a quienes no tienen miedo de sentir, sufrir, ser cuchillo y herida, todo al mismo tiempo.