Frío
Kimberly Márquez*

 

 

——–Hacía frío. Llevaba días en que el cielo no dejaba de llorar; el viento, de correr; y la sangre, de derramar. Cuando llegaron al pueblo pensábamos que eran amigos, aliados, que, al igual que nosotros, deseaban el progreso y la buena vibra para nuestras tierras. Se hicieron compadres, vecinos y conocidos; hablaban con todos de la forma más amigable, comentaban sus planes para el pueblo. Pero era farsa, mentira y crueldad lo que escupían de sus bocas.

——–Santa Elena era un pueblo normal, común y corriente como todos los pueblos de por aquí. Todos crecimos conociéndonos o, más bien, nos conocíamos en la iglesia cuando llegaba un nuevo crío, pero eso nos hacía hermanos, familia. Nuestros niños se conocían de la escuela, de las tierras donde debían ir a ayudar, a recolectar y a cuidar. No puedo decir que era perfecto, claro está que, como en todo lugar, se presentaban problemas, sin embargo los sabíamos arreglar: una partida de tejo y sale, el que ganaba al final era quién decidía. Tal vez no era la mejor forma de hacer las cosas, pero para nosotros estaba bien.

——–La tranquilidad no es eterna y de eso nos dimos cuenta tarde. Ellos llegaron y creímos que sus intenciones eran buenas. Nuestros niños confiaban en ellos porque nosotros lo hacíamos; qué grave error. Todo comenzó a cambiar una tarde cuando la doña del frente de la iglesia no quiso dejar entrar a uno de ellos a su casa, estaba solo ella y su hija Juanita, de tan solo 15 añitos. Ese hombre se emberracó y sacó su arma para apuntarle.

——–—Déjeme entrar, doña, que no quiero hacerle daño.

——–—Señor, ya es tarde. Déjenos a la niña y a mí.

——–—¡Eh! Que no entiende usted, quiero entrar. Por su bien o el de la chamaca quítese de en medio o no respondo.

——–Un sonido retumbo en toda la cuadra: «¡Boom!». Y la doña ya no alegaba más. Juanita no salió de la casa hasta que fueron por el cuerpo. Así comenzó todo, dolor y sufrimiento. Pensamos que era un error, que el coronel, superior del asesino, haría algo por lo sucedido y, efectivamente, así fue, aunque no era lo que esperábamos.

——–La noche siguiente el coronel junto con varios de sus amigos entraron a la fuerza a la casa de mi hermana, mi pobre Margarita estaba con su marido, arrunchados, e hicieron que mi cuñado viera lo que hacían con ella. Cosas terribles, ni siquiera nombrables, fueron las que mi pobre Margarita sufrió aquella vez. Era bella, joven y radiante. Siempre salía de su casa con la falda que mi madre le regalo unos años atrás, la misma falda que con sus sucias manos le rasgaron hasta destrozar. Ella intentaba gritar, pero otro encima de ella le tapó la boca. No se aguantaron a penetrarla con fuerza mientras el hombre que amaba la observaba; entre las risas de los amigos de ellos presentes, otro y otro y otro se turnaban para caerle encima, pegarle y besarle el culo y la espalda. Mi cuñado no volvió a abrir los ojos, después de ultrajar a mi hermana, se los sacaron a carcajadas diciéndole que era lo último que vería, a su mujer con otros.

——–El miedo nos abrazó como se abraza a un hijo después de una jornada larga de trabajo. No quería dejarnos y nosotros tampoco a él. ¿Quién querría quejarse? ¿Quién podía decir algo ante tanta crueldad? La sangre comenzó a correr por las calles, Santa Elena empezó a santificar a su gente, a sus niñas, a sus hombres. Pensábamos que si entre todos nos levantábamos a hacer algo y sacarlos del pueblo, podríamos volver a ser como antes, pero no contamos con que algunos de los nuestros, en lugar de defenderse, se quedaron quietos. ¡Traición! Nuestras mujeres lloraban todas las noches y no podíamos hacer nada, nuestros niños se escondían bajo las camas y no volvían a la escuela; y nosotros, atolondrados e impotentes, obedecíamos y no hacíamos nada, incluso hablar o, si no, se encargaban de callarnos.

——–Días, semanas y meses pasaron. No sé exactamente cuánto llevan con nosotros desde que saquearon nuestras casas y se llevaron todo, hasta los relojes. He visto la Luna pasar constantemente por acá, pero ya ni se inmuta al vernos sangrar. Todos los días escuchaba un grito distinto, un compadre, una amiga o un hermano. ¿Por qué tenía que oírlos? ¿Por qué no me dejaban allí, como a ellos, descansar sobre mi tierra? ¿Por qué yo, Dios, por qué yo solo escuchaba y no decía nada?

——–Hacía frío ayer, recuerdo que fue ayer, porque fue la última vez que vi a mi chino, a mi pobre Rómulo. Recuerdo que estaba a mi lado desgranando la arveja que le traje para la cena, cuando ese hombre, el mismo que entró donde la doña de enfrente de la iglesia, me dijo que el chino debía ir a hacerle un mandado. No estaba de acuerdo, no sé por qué no le dije que no, pero no dije nada mientras lo tomaba de su mano y se lo llevaba con él. No le dije adiós, solo lo miré salir y sonreírme. ¡Debí oponerme! Era mi Rómulo y no dije nada. No llegó nunca, no lo he visto desde ayer, por eso sé que fue ayer cuando hacía frío, el mismo que hace ahora en las canchas, en el suelo.

——–Desde que llegaron, el clima cambio. ¿Será que la naturaleza sabe que algo malo pasa y por eso comienza a portarse de manera distinta? El Sol no brilla igual desde que llegaron a Santa Elena, las flores no sonríen a los niños como antes. ¿Cómo no lo pensé? Si lo hubiera pensado, como mi doña, nos hubiéramos marchado de aquí cuando era posible; pero ahora, sin mi Rómulo y mi doña, y la doña y Juanita, y los compadres y las señoras; pero ahora, con las rodillas en las canchas, estas canchas donde jugó mi padre y su padre, y yo y mi Rómulo, estas canchas frías como el viento, como la muerte, me dicen adiós, me despiden esperando absorberme o, más bien, absorber mi fría sangre.

*(Bogotá, Colombia)
Integrante del Colectivo CoNova (Conciencia Noviolencia Activa)
y participante de espacios generadores de relaciones
entorno a la construcción de paz y la Noviolencia.

Estudiante de Estudios Literarios,
Universidad Autónoma de Colombia.