La media cabeza
Ester Blanco*

 

——–Mi vecina era una mujer extraña. Ella tenía dos costumbres peculiares: la primera era hablar raro; la segunda, usar hasta en su casa un pañuelo que le cubría la sien, excepto un mechón de pelo al costado. En los nueve años que la vi jamás se cambió el peinado. No dejaba que nadie tocara ese tesoro: cuidaba muchísimo su mechón. Y cuidaba con recelo el lugar casi sagrado que tenía asignado: el lado derecho de su rostro. Sonará tribal y ridículo, pero ese mechón tenía una función oculta a nosotros. También solía desaparecer cada tanto por tres días exactos. Cuando volvíamos a verla, la espesura de una neblina parecía envolverla aletargándola. Fuera de estas excentricidades era una mujer normal. Tenía una sonrisa tibia y amorosa y unas manos suaves y tiernas. Amaba a su hijo Miguelito con locura.

——–Como no quiero nombrarla, su nombre es amargo y espinoso para mi lengua, la llamaré por su apellido. La señora Keller me invitaba a su casa en las tardes, cuando volvía de la escuela. Me veía venir desde la esquina y ya me estaba haciendo el gesto para que entrara. No tenía ni que avisar a mi madre donde estaba. Allí me ofrecía galletitas caceras mientras jugaba con su hijo.

——–Infancia, maldito tesoro: cuando recuerdo a Miguelito me pongo a llorar. Nunca más volveré a esa época, ni a esa casa, ni a esas tardes. Jugábamos a la bolita y a saltar la soga. Juntábamos bichos en primavera y leíamos historietas en invierno. Todo estaba enmarcado en la normalidad. Si no fuera por los comentarios de otras vecinas, no me habría percatado del pañuelo. Un día le pregunté a Miguelito por qué su madre usaba el pañuelo. Me miró con los ojos afilados: su madre tenía una cicatriz fea que no quería que vieran. Y agregó con un dedo acusador que nunca más volviera a preguntar eso. Me asustó tanto que me fui corriendo. Pero como éramos niños y todo lo perdonábamos, continuamos visitándonos.

——–Y fue justamente en una de estas visitas que Miguelito se había olvidado la pelota en su casa. Como estaba ocupado dibujando me pidió que fuera a buscarla. Crucé la calle y entré al patio. Golpeé la puerta una vez, pero nadie salió. Me asomé tímidamente por la ventana pero no vi a nadie. Se me encogió el corazón ¿Qué pasaba que la señora Keller no estaba cantando alegremente en la sala? Di la vuelta al patio y entré por la puerta de la cocina.

——–La casa estaba oscura. Se oía lejano y áspero un gemido, suave pero constante. Subí las escaleras con mucho cuidado siguiéndolo. No quería que nada, ni olor ni sonido, me delatara. Reconocí que los quejidos venían de la recámara de la señora Keller. No podía ver muy bien porque la habitación estaba a oscuras. La cama estaba blanda y brillosa. Un olor ácido inundaba el lugar. Pude distinguir la figura trémula de la señora Keller: un brazo se balanceaba sobre la sien derecha. Pero no reconocía bien lo que tenía al final de la extremidad: era triangular. Su punta goteaba. De repente, por una luz que se filtró en la habitación, el triángulo brilló. Ahí lo reconocí: era un cuchillo y lo que caía era sangre. Estaba haciéndose una cruz en la sien.

——–Temí entrar: estaba tan concentrada en la tarea, que pensé que estaba meditando. Claramente se quejaba pero semejante dolor no la tocaba, como si fuera liviano. Empujé un poco la puerta y tímidamente la llamé. En ese instante, cambió de voz:

——–—Hola, pequeña —dijo tapándose con una mano las heridas—; no te asustes, es un tratamiento.

——–—Me mandó Miguelito a buscar la pelota.

——–Me acerqué para ver con más atención. Estaba sudando mucho.

——–—Ah, sí —respondió conteniendo una arcada—, está abajo.

——–Cerré la puerta. Bajé la escalera tal como la había subido para no molestarla y me llevé la pelota a mi casa.

——–En cuanto entré le dije a Miguelito que su mamá estaba en la cama. Se levantó sin decir nada y corriendo cruzó la calle. No volvió en la tarde y, sin embargo, no sentía que había qué preguntar. Los adultos sabían explicarse muy bien y tenían sus razones ajenas a nosotros. Ellos sabían mejor.

——–Pero mi madre, espantada por las huellas sucias que iba dejando en el piso, me preguntó:

——–—¿Qué pasó?

——–—Nada —respondí rápidamente—, el piso estaba sucio.

——–Su expresión cambió rápidamente y, señalándome el vestido, dijo:

——–—¿Qué te pasó ahí?

——–Bajé la mirada y vi gotas de sangre. Mi madre estaba mostrando una preocupación abrumadora, propia de las madres, y comenzó a revisarme las manos y la cara. Antes de decir cualquier cosa, ella declaró que me había lastimado, que me sangraba la nariz o que me había estado arrancando los pellejitos de los dedos. «Nada de eso, mamá», le dije, «es un tratamiento que hace la mamá de Miguelito». «¡¿Cómo?!», preguntó espantada. Repetí lo mismo muy tranquila y fui a mi cuarto. Mi madre limpió las huellas murmurando.

——–A pesar de darle vueltas al asunto durante semanas, no habló con la señora Keller. En lugar de eso, nos revisaba con la vista a Miguelito y a mí cada vez que volvíamos de jugar. Si me preguntaba algo, lo negaba. Miguelito me había dicho que no dijera nada y yo, en un momento de debilidad, había roto mi promesa. ¿Cómo callar ante mi madre, esa criatura gigantesca e inquisidora? Cuando me preguntaba algo, era una orden.

——–Como no le daba información de lo ocurrido, comenzó a preguntar a las vecinas. Cada vecina se encargó de poner su párrafo a la historia, su versión de lo ocurrido y convirtieron juntas a la señora Keller en una bruja satánica. Ese juicio tan fugaz y ligero había arruinado la reputación de una mujer bondadosa. Su manera de hablar se interpretó como un transe y su pañuelo como un hábito religioso. «Por eso no tiene marido», decían.

——–La señora Keller estaba al tanto de lo que decían de ella. No podía abstraerse del barrio. Aún así, no estaba enojada conmigo: yo no tenía ni la maldad ni la soberbia suficientes como para hacer ese linchamiento sutil. Un día en el que me escapé a su casa, ella me sentó en la mesa y trató de explicarme:

——–—Cuando ocurre, tengo que inventarme un dolor rápido. Todo está advirtiendo lo que va a ocurrir. La cabeza, ya no es una cabeza: es una mitad, es un puño de alambre que me aplasta. Como es piadoso no lo hace rápido: presiona, me da un segundo y vuelve. Ya no tengo ojos para cuando llega el dolor. Tengo que mantenerme callada. No hay a donde ir. No hay qué pensar. Todo el cuerpo es nervio quemándose. Si abro los ojos solo veré una neblina que titila. En ese momento, quiero que mi cama sea un lecho de cardos, una almohada de hierro, una sábana de espinas, lo que sea que me haga desviar la atención. Lo curioso es que todo esto me da un aspecto sonrosado: una mímica de orgasmo. El dolor sabe camuflarse muy bien. Y este es el mayor problema.

——–—¿Por qué? —pregunté.

——–—No es posible que, tras pasar por esa pérdida del cuerpo, ese cuerpo que se hace agua, que se hace fuego, que se hace sombra pueda volver. No creen en mi dolor. No creen en ese rojo carnívoro que me pincha la cabeza. No creen que pierda la lengua hecha algodón. No se puede creer algo así.

——–—¿Qué es lo que te pasa? —pregunté nuevamente, ahora más preocupada.

——–—No sé. No me dijeron. Corre en mi familia esta condición. Me dijeron que estaba exagerando, que el dolor no es capaz de venir así e irse sin dejar daño. Mi única manera de soportarlo es distraerme con otro dolor.

——–Asentí. Después de esa explicación me trajo un flan casero y una chocolatada.

——–Cuando llegué a mi casa mi madre me dio vuelta la cara de un revés. Me había visto salir de la casa de Miguel. Me sacó los mocos a golpes mientras me amenazaba, rogaba e interrogaba. No quería decir nada, pero sabía que me terminaría pegando con el cinto. Traté de explicarle lo que le ocurría. Le dije que la señora estaba enferma, que le dolía algo, la cabeza era un puño, había espinas y cardos y el cuerpo se le transformaba del dolor y orgasmos y fuego. Salí corriendo y me encerré en mi cuarto esperando que mi madre viniera. En lugar de eso, se pasó toda la tarde discutiendo con mi padre. Detrás de la puerta podía escuchar que se gritaban, mencionaban que Miguel era extraño, que usaba un sombrero, que no hablaba mucho. Oí sobre peligros, locura, enfermedad, hospital.

——–Al día siguiente, cuando salía para ir a la escuela, vi una camioneta en la casa de en frente. Crucé la calle y, viendo la puerta abierta, entré en la casa. Allí estaba Miguel, abrazado a un peluche, custodiado bajo la mirada atenta de un ser totémico de blanco. Corrió a abrazarme y me llevó de la mano hasta la sala. Allí me señaló la escena. La señora Keller estaba sentada, con la cabeza baja, sin su pañuelo. El hombre frente a ella estaba a contraluz, sin rostro ni forma, solo una voz que atemorizaba los cuerpos presentes.

——–—¿Y qué dice que le pasa?

——–La señora Keller no respondía. Al lado de la sombra, un señor anotaba cosas en una libreta. Luego de unos minutos ella finalmente le dijo: «El dolor hace que los sonidos sean flashes; no tolero la luz. A veces me salgo de la habitación pero cuando abro los ojos sigo allí. No hay a donde ir cuando ese dolor viene».

——–Una vez hecha la confesión, la sombra se dirigió a quien tenía al lado y aclaró que debían llevársela. La señora Keller se levantó con cuidado, pero uno de los tótems la tomó del brazo con fuerza, presionándole los dedos. Miguel comenzó a gritar. Se sujetaba de las faldas de la madre y ella, sin mostrar ninguna resistencia, le acariciaba la cabeza y le decía que tendría que ir a vivir con su padre a la costa mientras descansaba un tiempo. Comencé a gritar con Miguel para que no se la llevaran. A pesar de ser una niña, ya sentía en las entrañas la maldad de esos seres: no iban a ayudarla porque no le creían. Miguel se arrastró hasta la puerta exterior llorando. Su madre repetía: «Vas a quedarte con tu tía hasta que tu padre venga, ella está por venir».

——–Desapareció en la ambulancia. A mi lado, Miguel lloraba desconsolado. Y siguió llorando hasta que su tía apareció diez minutos después. Siguió llorando cuando hizo una valijita y comenzamos a llorar más fuerte cuando cerraron la puerta de la casa y tuvimos que despedirnos.

——–La casa se pudrió y la maleza la consumió en los meses siguientes. Era tal la voracidad de las plantas que la enamorada del muro terminó por tirar paredes y techos abajo. No supe mucho de Miguel. Nadie asumió la responsabilidad de lo ocurrido y mi madre no volvió a mencionarla, llegó a tal punto de sacarla de todas las fotos familiares. Ese cuerpo que había sobrevivido al dolor, ahora era humo gracias a la justicia malograda. Supe que logró liberarse, pero no volvió a nuestro barrio.

——–Hace unos meses, recibí una llamada de Miguel. Estaba viviendo en la capital, cerca del departamento donde vivo yo. En esa llamada me contaba su infancia resumida, la estancia con su padre, cómo su madre volvió del hospital envuelta en una neblina constante. Por inercia le pregunté por su salud. Se quedó callado. Finalmente, como si no tuviera otra manera de explicarlo, me dijo:

——–—Ayer se me partía la cabeza: tenía ganas de dormir en una cama de cardos.

*(Buenos Aires, Argentina)
Estudiante de Lingüística (focalizada en tipología) en la UBA.
Recientemente publicó en Marabunta.

esterblanco941@gmail.com