PL-285
Daniel Quiroga*

 

 ——-¿A dónde vas, humo?, no me dejes, tú no, esta noche no, volvé, Be the death of me.

——–Las luces de la Torre Colpatria de a poco desaparecen y así empieza otro día más, como cualquier otro, me hallo de nuevo bajo este oloroso caño, entrañablemente se ha convertido en mi hogar. A pesar de que la calle ofrece ese caos tan hermoso que hace que cada día sea un puñado de experiencias, para mí todos los días son el mismo… días, ¡oh, días!

——–Ya es inherente para mí hacer esto, soy como un robot, un robot que algún loco enfermo programó para que lo hiciera todos los días. Inevitablemente, lo primero que hago al despertar es revisar si aún conservo esa amarillenta bolsa, son breves segundos, pero para mí son horas. Pánico y ansiedad, de repente todo a mi alrededor frena su marcha. Por un momento la ciudad se silencia, poco a poco las luces que tenuemente cubren mi ser se van desvaneciendo a mi alrededor. Ese frío viento mañanero que es capaz de templarte la piel ya no se estrella contra mi cuerpo, lo único que puedo hacer con las fuerzas que me quedan es manosearme lentamente como si de barro estuviera hecho, como si tratara de modelarme, de darle forma a este cúmulo de huesos, sangre y piel curtida. La calma se apodera de mí cuando finalmente logro toparme con esa bolsa, esa maravillosa bolsa, mis músculos dejan de estar tensos y la vena que sobresale de mi frente vuelve a su lugar, he encontrado mi tesoro dorado, mi razón y mi cordura.

——–«Dame un beso, María, dame un beso, María, dame un beso, dame un beso que yo te doy, yo te doy mi vida. ¡Oh, María!»… Y de repente estoy de vuelta en este plano de la realidad, soy como un nómada que vaga errante entre diferentes horizontes, no puedo concebir mi vida sin ese amarillo y viscoso líquido pues es mi boleto a lugares los cuales nunca debí abandonar. Solo espero el día en que aquellos viajes se conviertan en travesías sin retorno. Nunca sé con qué me voy a topar, simplemente cierro los ojos y de repente estoy de nuevo en el Río Pance bajo dos árboles meciéndome de un lado a otro, con la tranquilidad que brinda la ínfima existencia. ¡Oh, María!, abrázame que se me va la vida, María.

——–De nuevo el frío, de nuevo el gris. De todas las realidades que mi presencia puede abarcar, esta es la que más me disgusta; paradójicamente es la única realidad a la cual mi cuerpo en carne y presencia pertenece. La desprecio con todo lo que da mi ser, siempre estoy batallando para salir de ella. Maravillosos son los momentos en los que mi mente logra su tan anhelada independencia y surca la existencia en búsqueda de nuevas realidades, dejando atrás ese maltrecho, moribundo y somnoliento cuerpo el cual se ha convertido en prisión. Mientras la bolsa reacciona suavemente a mi respiración, mientras se contrae y se infla danzando suavemente con mi boca, oigo la sirena de la patrulla, debe ser la ronda de las seis, por lo general una patrulla de la policía pasa a revisar que todo esté en orden en este sucio y pestilente caño. Eso logra romper mi concentración y me ata definitivamente a este corrompido mundo, lo primero que logro ver al aterrizar es el Sol que choca contra las montañas, apenas da sus primeros vestigios de luz, da la sensación de ser una gran explosión, como si un planeta de tamaño colosal cediera y estallara en un frenesí de rojo y amarillo, todo ello para darle la bienvenida a un nuevo día. Y el frío que de a poco te pone rígida la piel, el viento que no se siente como viento, se siente como si una diosa helada posara toda su humanidad con la tuya. No sé con exactitud qué sucedió la noche anterior, qué desgracias o regocijos me trajo la oscuridad, solo sé que esta mañana me encuentro al borde de la desnudez, con un pantalón que de a pedazos decae como si lepra sufriera, mi torso está completamente desnudo dejándole al aire las cicatrices y la mugre que el concreto me ha ofrecido. De nuevo vuelvo a mi ritual, aprieto fuerte la bolsa contra mi boca para que ningún retazo de oxígeno se atreva a penetrarla, el aire dentro de la bolsa se torna denso, pesado, amarillo, es gloria y maravilla, ¡oh, es liberación!

——–¡Oh, María! Aquí me tienes, de nuevo limpio, sin un solo arañazo que adorne mi cuerpo, sin esa barba tan frondosa y llena de bóxer que ya en ese escalofriante y corrompido mundo me caracteriza, con el cabello suave y bien cuidado, lejos de ser la mugrienta maraña de inmundicia en la que se ha convertido. ¡Oh, qué blancos son los hombres al morir! Sin volver… sin volver, aprovéchame, María, dame un beso, mejor dame dos, abrázame y no me sueltes, tal vez así no tenga que irme más. No te preocupes, pronto vos y mamá me tendrán que preparar una bienvenida apoteósica, porque, amada mía, sabrás que más pronto vendré para jamás irme de nuevo.

——–Y ahora mi viejo Palmira. Y yo tan puro, tan incorruptible, soy como una piedra que arrastra el río, camino rápido pues mis cortas piernas no le logran dar marcha al ritmo de mamá, hago un esfuerzo y estiro mi brazo lo que más me da para alcanzarla y me aferro de su mano como si mi vida dependiera de ello, y me habla, me cuenta esas mil historias que solo ella con su gracia puede contar y yo le aprieto la mano aún más, solo en sus ásperas palmas hallo la paz que este frío cemento me arrebató. Cierro los ojos y al abrirlos me hallo montado en un bus, no sé qué rumbo toma, no está María, no está mamá ni sus suaves caricias, solo estoy yo y a mi lado una fría ventana que revela oscuros paisajes repletos de llanuras y montañas, paisajes que parecieran nunca haber sido vulnerados por algún ser viviente, paisajes fríos y repletos del gris que tiñe a la Luna; poco a poco comprendo hacia dónde me dirijo, empiezo a sudar y el corazón me empieza a dar señales de que quiere salir de mi cuerpo, tan rápido como sea posible, de repente todo a mi alrededor da vueltas, intento calmarme pero es imposible, el aire no me alcanza y siento una opresión en el pecho, lo único que quiero es levantarme, ir hacia la puerta lo más rápido posible, bajarme de ese miserable bus y salir corriendo, y correr y huir de toda culpa, expiar todo demonio que habita en mí, solo para que en una rápida y veloz escapada pueda regresar a Palmira, y llorar junto a mi madre, llorar como nunca antes un hombre ha llorado, pedirle perdón y sentir esas ásperas palmas, agarrar su mano para jamás soltarla de nuevo, sentir la paz, la calma. ¡Oh, madre, no me voy, esta noche no me voy, ya no!

 ——–Miro de reojo por la ventana, veo ese aviso grande y verde, erguido entre un poste gris e insípido ese letrero que reza «Bienvenidos a Bogotá» y lo único que puedo hacer es derrumbarme, derrumbarme de nuevo.

——–«Ideal para procesos de rápido ensamble, uniones de alto desempeño y máxima resistencia. Su principal característica y su principal ventaja es que permite aplicarse sobre una superficie, se seca rápidamente al aire. Cuando está seco parece que no pega, pero se pega así mismo».

*(Bogotá, Colombia)
Estudiante de décimo semestre de Mercadología,
Universidad Central.
Lector empedernido; publicó su cuento Tristeza Bogotá
en la Revista Fauna en 2019.