Carta a mi colegio
Luna Palomá

  

  

——–Gracias, colegio, porque me hiciste la persona ansiosa y estresada que soy hoy; porque gracias a ti aprendí lo importante en la vida, como que un expreso doble con dos de azúcar es el mejor compañero para escribir un ensayo de doscientas palabras sobre algo que ya no recuerdo. Aprendí cuanto valgo: 8,7; pero si me esfuerzo lo suficiente, 9,5. Aprendí a defenderme sola y a pasar por encima de mis compañeros a punta de codazos porque ellos son la competencia; los otros siempre serán tu competencia.

——–Gracias, colegio, porque en ti entendí cómo funciona el mundo: acatando órdenes, sin cuestionar, siguiendo todas las reglas, quedándome callada, porque no es bueno generar problemas con los demás a pesar de que te hagan sentir horrible con sus comentarios o actitudes. Me enseñaste que jamás debo cuestionar a los libros de texto ni a los profesores porque son la autoridad, los que saben la verdad, conocen lo correcto; tal como los jueces, policías, militares y el gobierno, ellos nos cuidan, nos protegen y tenemos que obedecerlos sin quejarnos. Me enseñaste perfectamente a acomodarme al sistema.

——–Gracias, colegio. Me preparaste perfectamente para enfrentarme al mundo real, porque si trabajo duro y sacrifico todo, hasta mi felicidad y mi salud física y mental, habrá una recompensa; y si no logro algo es porque no me esforcé lo suficiente. Yo recibo lo que merezco; pues me dejaste bien claro que todos tenemos las mismas capacidades y circunstancias y que todo depende de cada uno; nunca del contexto, eso son solo excusas. Me diste los suficientes conocimientos para la vida, aunque ya haya pasado otro día más sin usar el mínimo común múltiplo y el máximo común denominador; y a pesar de no saber cómo funcionan los impuestos, estoy segura de que son justos y los estoy pagando todos.

——–Gracias, colegio. Me ayudaste con mis problemas ignorándolos por completo, porque el manejo de mis emociones es algo sin importancia, al igual que preguntarme «¿cómo hago sentir a los demás con mis palabras y acciones?»: si alguien está en un error, tengo que corregirlo en frente de los demás; o si no se ven bien, tengo que hacérselos notar, a esas personas y a todo el salón, no para humillarlos, si no para que los demás tampoco lo hagan y además reírnos un poco, exactamente como mis maestros lo hacían conmigo. Los recuerdos más recurrentes de mi adolescencia son esos, sumados a las tardes y fines de semana completos llenos de trabajos, libros y cuadernos cuyo contenido cada vez se vuelve más inservible y borroso.

——– Gracias, colegio, por darme grandes amigos para toda la vida y alejarme de mis padres, porque solo viéndolos en las noches para cenar y en los domingos para descansar no los llego a conocer muy bien, no sé cuáles son sus películas favoritas, sus sueños, anhelos y metas; lo que sí conozco es el miedo que se siente al perder una materia y que los llamen, pocas cosas duelen tanto como la decepción de tu padres el ver tus notas de Biología a pesar de que en la materia que sí me apasiona tenga las mejores notas y me gustaría recibir más clases de esta que de Biología. Con el tiempo aprendes a ocultarles las cosas para jamás volverlas a sentir.

——–Gracias, colegio, porque en ese salón de cuatro paredes, donde la ventana daba perfectamente a los cerros, aprendí que era posible imaginar que podría caminar por allí afuera, libremente, cuando no entendía nada o cuando el desorden de mis cuarenta compañeros me abrumaba; creo que todos notábamos que los profesores no nos podían manejar. Además con el sueldo que ellos reciben cada año se volvía más difícil enseñar e incentivar… Pero, eso sí, los directivos ahí sí siempre notaban si teníamos el cabello muy largo o la falda muy corta para criticarnos a tiempo, antes de que nos desviáramos por el mal camino.

——–Gracias, colegio, porque ahora odio la lectura debido a esos planes lectores que me impusieron llenos de libros que nunca me interesaron y con grandes novelas que ahora el solo recordarlas me causa dolor de cabeza; también odio las matemáticas porque sigo sin entender para qué sirve calcular la hipotenusa de algo o a las ciencias que lo único que me dejó es la certeza de que me aburren; e historia es algo que todavía desconozco. Aprendí a odiar el conocimiento, rescatando lo que medio me interesaba y en verdad deseo que lo poco bueno que viví en ti sea lo que evoque la próxima vez que te recuerde, que generalmente es lo que pasa, pero hoy necesitaba escribirte esta carta.

——–Gracias, colegio.

——–Para muchos de nosotros la experiencia escolar es más una pesadilla que un sueño: nos adoctrinan para ser una ficha más en esta sociedad violenta. En esta carta se puede reflejar a una perfecta estudiante que ama a su colegio por convertirla en la triste persona que es.