21 de enero
Bryan David Arango*

 

Rutina

——–Es martes y, como cada día, pongo el agua a calentar en la estufa para hacer el tinto. Mi hijo y mi esposo salen a trabajar a las siete. Son las cinco de la mañana y no escucho más que el ruido del fogón, el agua subiendo y mi respiración. La mañana empieza de forma normal, el sol se asoma por la ventana, son las seis con cincuenta minutos y mi familia sube para desayunar. Ellos comen y se despiden de forma rápida. A veces odio el tiempo y esta forma en la cual los horarios acaban con la gente, ni siquiera un momento para dedicarse un beso, un abrazo; simplemente sientes cómo desaparecen y luego ya no están. Te encuentras en aquella cocina solitaria, con ollas con comida y el ruido de los vecinos en la calle. Solamente espero que este día pase algo diferente. Subo, riego las plantas mientras saludo a quienes viven al otro lado de la calle.

——–Son las ocho de la mañana y no me he levantado aún, la cita era a las siete en la Plaza Che de la Universidad Nacional. Hoy, nuevamente nosotros, los estudiantes, nos tomaremos las calles exigiendo lo justo. Me levanto de mi cama, tomo un baño con agua fría y me preparo el desayuno. Veo algunas publicaciones que hacen por Facebook, mientras me termino de organizar, y casi que todo trata de esto, de la marcha de hoy, poniendo en relación las protestas en Chile y en Ecuador mientras dicen que aquí nos faltan huevos, pienso que más bien somos unos huevones que nos hacemos los de los oídos sordos ante tantas injusticias. Sentada en esta silla pensando en cómo se desarrollará el día, me dispongo para salir por fin de casa e ir para reunirme con mis compañeros.

——–Ocho y treinta de la mañana. Estando en la sala de mi casa prendo la radio y me pongo a tejer; la mañana es bastante tranquila, la música que ponen es selecta y escogida correctamente para estos momentos de pasividad que requiere mi edad. Cansada de la visión, me recuesto un poco, me tomo un café con leche y pan y pienso en mi familia, en sus vidas rutinarias y en cómo ya se adaptaron a ellas. Tal vez, si me analizo, también sea mi caso, pues, mis días son lo mismo: levantarse a las cinco de la mañana a preparar el almuerzo que llevarán mi esposo e hijo, empacarlo, luego servir el desayuno faltando quince minutos para las siete, despedirme, escuchar la radio, tejer, almorzar, en la tarde ver las noticias mientras hago los oficios que requiere esta casa, luego salir a comprar lo de la cena, prepararla mientras me quedo viendo las novelas que transmiten en la televisión hasta que lleguen nuevamente para luego cenar juntos y acostarnos a dormir.

——–Nueve de la mañana. Iba llegando a la universidad, pues, las cosas en la ciudad no andan muy bien y los trancones son bastante complicados. Me demoré al menos una hora y quince minutos en el TransMilenio, es rara esta forma en la cual estás en contra de este sistema de transporte y, a la vez, tener que disponer de este para llegar a tu destino. La mañana es cálida, mis zapatillas están un poco rotas, pero aguantan este día. Entro a la universidad por la calle veintiséis y bajo hacia la Che, no sin antes ver la facultad de Sociología, la biblioteca central y los muros rayados ya con miles de tintas tapadas repetidas veces con color blanco, los árboles verdes, las mirlas en el pasto, las chazas y las ropas de mil estilos. Llegando a la Plaza Che veo algunas personas, tal vez son pocas, pero vienen llegando algunas más. Se reúnen todos para definir un punto y la decisión es Banderas por la resistencia generada allí en días anteriores. Nos disponemos a arrancar y empieza, nuevamente, otra movilización más. Primero, damos una vuelta por toda la universidad, esto para lograr una cantidad mayor de personas. Bajamos hacia el Freud y pasamos por las aulas de Ciencias Humanas. Luego nos dirigimos hacia la portería peatonal de la calle veintiséis; allí, observamos algunos actos artísticos y continuamos movilizándonos, son las once y media de la mañana.

——–Enciendo la televisión y en las noticias solamente puedo observar aquellos reportajes en torno a una movilización que se está desarrollando en la calle veintiséis, algunas personas van allí con sus pancartas y trapos con pinturas y frases. El avance de los autos es imposible y la gente que es entrevistada está incómoda con esto. Yo no le doy tanta importancia, pienso que los jóvenes están cansados de lo que está pasando en el país, y está bien estarlo, pero tienen enemistades mucho más grandes como lo son los medios, aquellos que no dejan escapar un solo momento para decirles aquella palabra odiada por muchos, pero repetida por la mayoría de las personas en este país, «vándalos». Gracias a esto tuve unas cuantas discusiones al final de año pasado, en tiempos de paro, cuando las señoras del barrio entraban a una tienda y decían que cada persona que se manifestara practicaba el terrorismo, pero esto no es algo real, pues, junto a mi casa también vivía un muchacho que estudiaba y luchaba por sus derechos y, al tiempo, era muy responsable y correcto, le gustaba ayudar a la comunidad, una persona de bien. Son las dos y media de la tarde y la marcha va tomando el puente que está en la veintiséis con Avenida Boyacá.

——–Subiendo este puente me encuentro con algunas personas que conocía de antes, los saludo y hacemos una pausa para esperar a quienes vienen un poco atrás. Estando allí arriba veo la calle veintiséis llena de gente y esto de alguna manera me alegra bastante, pues, siento que no estamos tan solos como pensaba, que podemos estar cansados físicamente pero también, del comedero de mierda en el que vivimos a diario como estudiantes, proletariados o personas afectadas por la economía, la sociedad, las pocas oportunidades y la promesa cada vez más lejana de un futuro. A lo largo de esta movilización quedaron algunos vidrios rotos, rayones, paredes intervenidas, pintadas con frases emancipadoras. Un bloque de policía nos espera de frente y nosotros bajaremos por la Boyacá.

Persecución

——–Los noticieros y su cubrimiento especial arremeten en contra de los manifestantes cuando los acusan de violentos y terroristas. Esto también podríamos llamarlo violencia, aunque sea naturalizada y aceptada socialmente. Se vuelve algo tedioso, incómodo, pues es la forma en la que graban a los jóvenes rayando y en la que entrevistan a las personas ajenas a la marcha, además de darles la razón cuando dicen cosas como «tengo que irme a pie ya que no podré utilizar el servicio de transporte» y por ningún lado veo entrevistas a un manifestante, en las cuales le pregunten, por ejemplo, ¿por qué está luchando usted?, ¿qué buscan al momento de salir a las calles?, ¿qué piensa de la respuesta policial a las marchas?… nunca he visto algo parecido. Solamente tienen estas cámaras encima en el momento en que están defendiéndose de la policía, porque esto no tiene otra realidad ni forma de decirlo, cuando a los jóvenes los persiguen y acorralan personas con armaduras, motos, cascos, armas con explosivos y bombas lacrimógenas. La única salida, además de correr, es defenderse y resistir tratando de apaciguar y de disminuir las posibilidades de que más personas sean lastimadas.

——–Bajando hacia las Américas, un bloque de la fuerza disponible nos espera y nos enfrenta. Adelante se posicionan los escudos mientras todos corremos. Hay una persona en el suelo que es atendida, pero debemos correr. No pudimos llegar al punto, a Banderas, así que nos metemos entre los barrios donde empieza esta persecución. La gente corre asustada, pero a nuestro alrededor no hay más que rechazo e ignorancia. Nos cierran puertas y ventanas y esto parece un barrio abandonado, solitario, en el que podríamos morir y nadie haría absolutamente nada. Las banderas siguen guiando los pequeños grupos de personas, los jóvenes se cubren el rostro con pañoletas o camisetas mojadas en vinagre o agua con bicarbonato, esto para apaciguar un poco esta sensación generada por los gases lacrimógenos. En cada esquina vemos policías del ESMAD y motos verdes que vienen detrás, jinetes grandes con sus armaduras y armas, es un momento de pánico y solamente avanzamos mientras algunos manifestantes hacen barricadas con bolsas de basura, cajas y canecas. Ellos vienen a unos cuantos metros y nosotros solamente huimos. Bajamos luego a Banderas y tomamos como fin otra nueva ruta. Rápidamente se toman decisiones.

——–Las noticias muestran cosas confusas, primero, la marcha y los supuestos «vándalos», los policías disparando para decir que están «controlando el orden público», luego, las estaciones y los pasajeros, las preguntas enfocadas en afirmar, nuevamente, que esto es una problemática, que está mal y no deberían realizarse este tipo de manifestaciones, tal vez la intención es que no haya inconformidades de ningún tipo. Yo solo espero que sean las cinco y mi esposo venga nuevamente a casa, que no se estrelle con estas marchas o trancones. Me preocupa y quiero que esté bien. La marcha venía bajando por los lados de Abastos, ahora vienen por la carrera ochenta, realmente están tan cerca a esta casa. La televisión de alguna forma también hace que creamos que esto está mal y uno piensa que está en peligro, y me da un poco de miedo que estos manifestantes lleguen a este barrio y hagan algo, que cierren las calles y quemen los camiones, que rompan los vidrios o que hagan algo.

——–Cuando estábamos en Abastos, nos refugiamos todos en la estación de servicio, en la «bomba», como le decimos coloquialmente aquí. Pensábamos que allí estaríamos seguros, que por ser un lugar donde existen compuestos inflamables sería imposible que dispararan, pero en el momento que nos reunimos todos en este lugar, empezaron a sonar aquellas aturdidoras y no tuvimos otro remedio que correr, emprender nuevamente la huida en esta persecución. Mis zapatillas rotas, desgastadas, me tenían los pies bastante mal, me dolían y no quería seguir corriendo, pero sabía que si no lo hacía me alcanzarían, me cogerían y me iban a hacer daño. A veces actuamos instintivamente. El cansancio se vuelve nulo cuando te sientes en peligro y sacas fuerzas de donde no las hay para salvarte, este fue el caso de todos nosotros, pues, aunque todo el día estuvimos agobiados por el sol, seguíamos corriendo por la carrera ochenta. Íbamos todos allí, no juntos sino más bien dispersos y los jóvenes de aquel barrio, Corabastos, nos dieron algo de aliento y motivación, pues, llegaron y luego hicieron frente ante aquel bloque negro, decían: «Corran ustedes que nosotros los reviramos». Seguíamos allí esperando, pero luego oímos cómo encendieron sus motores, las motos avanzaron y solo escapábamos. Ya unas cuadras más adelante, llegando a la calle 38C sur, estaban muy cerca y solamente podía ver al frente, tenía los ojos llorosos, casi no podía abrirlos y escuchaba sus aturdidoras, por alguna razón en esos momentos corrí dando brincos y fue allí, cuando salté, que uno de estos explosivos detonó debajo de mis pies. Lo esquivé. Me asusté aún más. Veía personas que caían, pero no podía quedarme a recogerlos, pues si lo hacía de igual forma sería nulo ya que no podía ni conmigo misma. Avanzamos hasta llegar a aquella esquina, giramos y corrimos por un callejón. Allí había gente con heridas, chorreando sangre. Las puertas y ventanas estaban cerradas y empezamos a pedir ayuda, a decirle a la comunidad que estábamos en peligro. Algunos abrieron sus ventanas y nos aventaban implementos que podían ayudarnos a atender a los heridos. Recuerdo a un chico que estaba con nosotros en Abastos que llamó a su madre, angustiado él, le decía que le habían abierto la cabeza y no sabía cómo llegar a casa ya que nos tenían allí encerrados. Llegamos a la esquina y giramos, veíamos de frente el Parque Metropolitano Cayetano Cañizares y bajamos nuevamente a la carrera ochenta, allí, nos encontramos con un grupo de motorizados esperándonos. Eran al menos veinte. Corrimos bastante acelerados y ellos querían alcanzarnos. Girando hacia la calle 42A sur, en el semáforo que se encuentra en la esquina del parque, un policía que iba en moto quiso empujarme, acercó su moto hacia mí y rápidamente lo esquivé. Siguió adelante. Yo continué corriendo por esta calle. Una cuadra más abajo, en la carrera 80A se encontraba una puerta grande de una bodega, estaba en la esquina y era de color amarillo con azul oscuro. Un pequeño grupo de personas, desesperadas, empujaban aquella puerta para entrar, pero del otro lado los trabajadores lo impedían. Yo no tenía tiempo ni de pensar, solamente corría por esta misma calle, la 42A sur.

La angustia

——–Me inundan pensamientos turbios cuando oigo sirenas y explosiones, tal vez están aquí, cerca, y no sé qué hacer, solamente me imagino muchas cosas. Estos sentimientos de angustia no me dejan en paz. Cada segundo suena más fuerte ese sonido, es el ruido de las motos, sé que son policiales, es algo que uno reconoce, aunque estén a metros.

——–Justamente en la esquina de la carrera 80F, saliendo por un callejón, hay un grupo de jóvenes, al menos unos quince, corren desesperadamente, pues, esto era como sentir la muerte respirándote en la nuca. Yo me detengo allí, a una cuadra, en la esquina de la calle 42A sur aún. Estoy exhausta y no puedo seguir corriendo más. Los policías motorizados con otros del ESMAD voltearon por aquí, el tiempo pasa demasiado rápido y siento en mi pecho aquella sensación de vacío que te dice que algo no estará bien. Observo dos personas, ellos se encuentran con un camión que los recibe de frente al querer salir de aquel callejón. Bolsas gigantescas de reciclaje son impedimentos para que puedan avanzar, ellos tratan de esquivarlas y salir de allí, pero los uniformados están del otro lado del camión. Hay un chico, un poco más bajo que todos, él tiene una pañoleta, buzo con capota, chaqueta y una gorra, es negra cada una de sus prendas. Un grupo de tres agentes del ESMAD lo cogen. Primero, lo tiran contra el suelo, dos de ellos lo agarran de los brazos y piernas inmovilizándolo mientras el tercero lo apunta con una escopeta calibre doce, utilizada oficialmente por esta institución.

——–Escucho gritos al frente de mi casa. Me asomo. A través del cristal puedo ver muchísima policía, se resalta ese color verde rechinante por sobre todas las cosas perceptibles a mis ojos. Tienen dos personas contra una pared y un joven tirado en el suelo, apuntándolo con un arma directamente a su frente. Me paralizo por un segundo, reacciono. ¿¡Qué debe hacer una en estos casos!? Van a matar una persona en frente de mi casa y yo no sé de qué forma actuar, tal vez luego me arrepienta de esto. Todo es tan confuso. Escucho solamente gritos, el joven está allí inmóvil con otros dos hombres sobre él que lo pisotean. Cojo un saco y bajo la escalera, esto no puede estar pasando, ¡Dios mío!

——–Aquel momento es realmente duro, pues, esta persona está allí solamente viendo aquellas figuras terroríficas, grandes, con una postura dominante y sus armaduras negras, además de aquel orificio por el que en cualquier momento puede salir un disparo que termine con su vida. Aquel frío cañón con ese color negro, combinado con un naranja incandescente que está sobre él.

——–Al abrir la puerta, estaban allí, al frente, las motos de los policías, eran al menos unas quince. Del otro lado de la calle mi objetivo. Debía hacer algo por aquel muchacho a toda costa. A unos dos metros de la escena, escucho un grito, una voz que me remite a muchos escenarios de mi infancia, cuando me obligaban hacer las cosas con ese tono de voz fuerte. «Quédese quieto o usted va a ser el próximo Dilan Cruz», le grita a aquel joven que se encuentra en el suelo, seguido de risas por parte de sus otros compañeros (Dilan Cruz, joven de diecinueve años de edad, asesinado el día veinticinco de noviembre del año 2019 en la carrera cuarta con calle diecinueve con una escopeta calibre doce). 

——–Levantan al joven, le quitan su pañoleta, la gorra y capota de su buzo. Descubierto, lo cogen de la cabeza haciendo presión en su ojo y oreja izquierda y lo llevan caminando hacia la esquina de la calle 42A sur. A unos cuantos metros me encuentro yo. Le hacen quitar los cordones de sus zapatos. Lo tienen sentado en el suelo. Mientras esto ocurre, le dan puños en su cara y patadas en las rodillas para inmovilizarlo. Él no dice nada. En un momento arrojan una granada química CS o lacrimógena. Les dicen a ellos que se tienen que tirar en el suelo. Este elemento desprende gas al menos a unos cuatro metros. El joven al que hago seguimiento con mi observación grita, dice que no puede respirar, que tiene asma. Está descubierto y los agentes, que son también afectados por el químico, se ríen de él. «Respire gas, hijueputa», le dicen mientras uno de ellos, el más alto, va hacia él.

——–No puedo hacer nada más que angustiarme. Este gas me tiene mareada, mi visión es bastante baja, borrosa, y siento una sensación en la garganta de dolor o rasquiña, no puedo respirar y al muchacho que quiero ayudar lo tienen en la esquina, veo la forma en la que le dan algunos golpes y yo trato de ir allí. Me cubro la boca con el saco de mi esposo mientras avanzo.

——–Cada minuto parece un siglo, pues, me siento agobiada, tal vez débil, no me imagino lo que está pasando aquella persona que probablemente hizo un recorrido largo sin siquiera comer algo, corriendo todo el día bajo este sol agotador como todos nosotros. Es un compañero fuerte que necesita que no lo dejemos solo. Siento que va a morir, pues, su desespero es notable, su falta de aire antes mencionada por sus condiciones de salud es cada vez peor. No puede hablar. Lo intenta. Mientras tanto, un hombre de negro le propicia algunas patadas en sus rodillas y piernas. Se ve muy mal, sus ojos están casi cerrados ya, tal vez por el gas. Llora.

——–Justo en el momento cuando voy a unas dos casas de aquella esquina veo cómo levantan a estas personas luego de tenerlas allí tiradas en el suelo. Cogen al joven al que quiero ayudar, mueven su cabeza con sus manos grandes tomándolo por la parte de atrás y gritan: «¡Estos son los vándalos!, ¡los ladrones!, ¡mírenlos!». El joven no dice nada, solamente veo algo de sangre en su rostro y sus ojos llorosos. Siento su dolor. Por un momento me lleno de ira y grito: «¡Suéltenlo!, ¡no le hagan daño!». Ellos solamente se ríen.

——–Los suben a sus motocicletas entre dos policías, uno de verde y otro de negro. Matrimonios le llaman. En este pequeño segundo me siento impotente, pues, a estas personas se las llevarán en motos, no sé a dónde o por qué. Serán detenidos ilegalmente y no hay derechos humanos, no hay refuerzos, no hay nadie además de mí, unas personas que están al lado y una señora que grita «¡no les hagan daño!». Yo no sé qué hacer y solo se me ocurre grabarlo. Saco el celular del bolso, me acerco a la moto donde lo tienen y digo: «¡Compa, identifíquese! Él me da su primer nombre y la moto acelera rápidamente mientras el agente se ríe. Con el teléfono en la mano, me quedo allí inmóvil mientras veo las motos alejarse, mientras siento el olor de este gas, mientras no pude hacer algo más que nada, mientras me invade el sentimiento de culpa y preocupación por saber que pueden asesinarlo y yo no lo ayudé.

 

*(Bogotá, Colombia)
Estudiante de la licenciatura en Artes Visuales,
Universidad Pedagógica Nacional.
Trabajador social en proyectos con comunidades vulnerables
por medio de trabajos 
artísticos como la práctica de murales
para la resignificación de espacios públicos.

Actualmente trabajo en la fundación La Luz De Mi Vida
en pro de las comunidades 
barriales y en pos del crecimiento
y enfoque hacia el mejoramiento del territorio.