A tiempo
Kimberly Márquez

 

 

 

——–—Hola, Tamar, buenos días.

——–—Hola, Amanda. Es un gusto poder estar aquí contigo.

——–—Igual lo es para mí. Espero que te sientas cómoda en este lugar para hablar. Le he pedido al mesero que nos traiga agua en un rato. Pero, bueno, cuéntame sobre ti, ¿cómo has estado?, ¿qué ha sido de ti estos últimos años?

——–—Te puedo describir mis últimos años en una frase que me repitieron por mucho tiempo: «Hija, debes creer que sin importar lo que él haga, mientras sigas orando, él cambiará y será un buen marido». Esas fueron las palabras que me dijo el pastor hace un tiempo; no sabes el daño que me causó quedarme donde estaba viviendo sin importar muchas cosas que pasaban al principio… ¡Ay! Perdón, qué grosera soy, no te he hablado de mí, he pensado solamente en aquello a lo que me aferré para hacer lo que me trajo hasta aquí.

——–—Tranquila, no tienes por qué disculparte, puedes comenzar con lo que te sientas más cómoda, más segura.

——–—Soy Tamar Méndez, tengo veintiséis años y estoy casada, no felizmente como suelen decir… esperando que se termine el proceso de divorcio. Seré madre dentro de poco. ¡Mmm! ¿Qué hago aquí?, pues… ¿qué puedo decir?… He venido por consejo de mi hermana, tal vez lo hablaste con ella y debes saber un poco de mi historia; ella cree que necesito expresarme, que necesito contar lo que me pasó para que otras mujeres que estén pasando por algo similar no se queden ahí. Yo no sé, creo que lo que he vivido debe ser suficiente para salir adelante, para ser un ejemplo que no se repita. Pero bueno, al final de cuentas, es decisión de cada una.

——–—Entiendo. Sí, tu hermana y yo somos muy cercanas, pero quiero que tengas claro que estoy aquí para escucharte y mostrar lo que te ha sucedido. Dime, Tamar, ¿qué es lo que te pasó? ¿A qué viene la frase que comentaste antes sobre el pastor?

——–—Bueno, como sabes, asistía a una iglesia, decidí irme al darme cuenta de que, en vez de ayudarme, estaban avalando lo que me sucedía. Conocí la iglesia por Carlos, mi próximo exesposo, estoy esperando que firme el divorcio al que se niega rotundamente. Ahí me encontré con muchas personas lindas y agradables, con enseñanzas que podía y puedo poner en práctica; pero también me topé con personas que estaban mal, equivocadas, con discursos arcaicos, erróneos y dañinos para muchas mujeres. El pastor de esa iglesia fue muy amable conmigo siempre; nunca pensé que ciertos consejos suyos me dañarían tanto. A veces pienso que sus intenciones eran buenas, pero, no sé, en mi caso no sirvieron de nada y ocasionaron más daño. Puede que a otras mujeres les sirva, pero a mí no.

——–—¿Qué es lo que dices que estuvo mal ahí?

——–—Bueno, cuando llegué con Carlos, él me presentó como su novia, en ese momento acabábamos de comenzar a salir, cada vez que iba me agradaba más; mientras nuestra relación avanzaba, las cosas se hacían más serias. Eso fue hace, ¿qué?, como casi tres años, si no estoy mal. Al año nos casamos, fue hermoso todo, el pastor dirigió la ceremonia y estábamos felices, creyendo que íbamos a construir el hogar que toda mujer sueña, algo así como la princesa con el príncipe azul. ¡Qué ilusa! Durante el primer año todo iba muy bien, no sé si era porque estaba feliz de estar con el hombre respetuoso, responsable, caballeroso y de buen porte con el que soñé que me amaría, o porque se la pasaba trabajando en el ejército, lo que le exigía salir durante largas temporadas de la casa. En momentos como estos creo que era más por la segunda —rio Tamar por esa simple pero contundente conclusión.

——–—Puede ser, al no estar no tenían mucho tiempo para relacionarse.

——–—Exacto. No nos veíamos durante periodos extensos. ¿Qué te digo?, como por un mes o mes y medio y luego nos encontrábamos durante unos cuantos días… te imaginarás: amor aquí, amor allá. Todo era perfecto, el amor, el sexo, el trato… todo.

——–—Pero luego todo no fue así…

——–—No. Él renunció. Me dijo que no podía seguir tanto tiempo lejos de la iglesia y de mí, que ya era tiempo de estar en casa. ¡Qué grave error! En ese momento conocí de verdad a mi marido. ¡Cuál iglesia, cuál yo y cuál nada! Era mandón, brusco, tosco en su forma de interactuar, y cada vez más entre más tiempo pasaba en casa. Yo trabajaba y cuando llegaba todo estaba mal en la casa: él no hacía nada.

——–—¿En serio? Tengo entendido que en el ejército les enseñan disciplina.

——–—¡Disciplina que me exigió a mí, no a él! Después de llegar del trabajo, yo debía arreglar, barrer, trapear, cocinar, limpiar el polvo; lavar, colgar y doblar la ropa; y cumplirle en la cama. «Debes cumplirme como esposa», me decía el mucho descarado. Y qué cansancio ni qué nada, mientras él me miraba con ojos de pastor alemán, yo debía dejar todo pulcro, perfecto.

——–—Y ¿por qué no le exigías ayudar en la casa? También era responsabilidad de él.

——–—Pues eso intenté, sabes, pero no importaba cómo lo dijera: tierna, amable, enojada, llorando, besándolo… nada era suficiente para que él aceptara ayudarme o conseguir trabajo. Llegué a tal punto que acudí a la iglesia, al pastor. Mi esposo lo escuchaba a él, o eso creía yo, le seguía los consejos durante algún tiempo, pero después regresaba a ser el de siempre. El pastor, cada vez que me acercaba a pedirle que hablara con Carlos, me decía que le tuviera paciencia, que orara, que él podía cambiar mientras yo le demostrara mi amor; además, que yo no podía dejar caer el hogar, que yo debía ser la mujer sabia, no la necia. Después de cada charla yo me resignaba a seguir con mis labores, ya sabiendo que Carlos ayudaría unos días y volvería después a exigirme a mí que me encargara de hacer todo de nuevo.

——–—Y ¿por qué no conseguía trabajo?

——–—Decía que estaba esperando que se le abriera una puerta, que todo lo tenía controlado. ¡Pura mentira! Luego, un día, recuerdo muy bien, mi mamá fue a visitarnos y llegó mientras yo estaba trabajando. ¿Puedes creer que cuando llegue me regañó? ¡Mi mamá me regañó! ¡A mí! Estaba furiosa y Carlos sentado, como si nada.

——–—Espera, ¿por qué hizo eso?

——–—Por la casa, estaba desordenada. Carlos estuvo el día anterior con sus amigos y te podrás imaginar cómo quedó. Yo no tuve tiempo de arreglar, no recuerdo por qué, pero no lo hice y ella se enfureció por ver ese desorden. El muy conchudo de mi próximo exesposo, al ver la reacción de mi mamá, dijo que saldría para dejarnos hablar a solas. Una vez se fue, mi mamá me tiró la escoba y me dijo que debía arreglarlo todo, que esa era mi labor como esposa. Me coloré del mal genio. Le dije que estaba cansada, que Carlos podía hacerlo, pero eso la puso aún peor. Para resumirte la discusión tan extensa que tuvimos, me dijo que yo, como mujer y esposa, debía cumplir con mis responsabilidades; que si el trabajo no me daba tiempo, que renunciara; que si no quería, que igual arreglara y mantuviera hecha comida para mi esposo; ese era mi deber como buena esposa.

——–—¿Qué hiciste?

——–—Arreglar, ¡arreglar! ¡Qué tonta! En lugar de exigir igualdad en mi casa, con un esposo bueno para nada que solo decía tener todo bajo control sin mover ni un plato, me puse a arreglar. Ante mi madre y el pastor eso era lo correcto, pero dentro de mí sabía que algo estaba mal, que no podía seguir así. Yo tenía que ser la mujer perfecta que no solo cumplía en la casa o en la cama para con mi marido, también lo debía ser en el trabajo, ante mi madre y ante la iglesia a la que iba Carlos. Me solía decir «amor, debes hacer lo correcto ante Dios y eso es sujetarte a mí», pero eso realmente no es lo que enseña Jesús. La cosa es que todo tiene topes y una a veces no lo ve, yo no lo vi cuando estaba cayendo en ese foso oscuro.

——–—¡Mmm! Ya estabas sumida por completo en esa actitud, estabas siendo sumisa pese a sentir que algo estaba mal, estabas haciendo todo a pesar de tus reclamos.

——–—Sí, era una mujer sumisa medio alegona —dijo jocosamente—. Pese a exigirle a Carlos que hiciera algo en la casa, que me ayudara, yo igual terminaba haciéndolo todo. Era «la esposa perfecta».

——–—Bueno, y ¿qué fue lo que ocurrió después?

——–—Carlos consiguió trabajo, fue un momento muy feliz, fueron seis meses de tortura para tener luego una gran felicidad. Trabajaría como vigilante en una empresa, según él, muy importante, yo ya ni recuerdo el nombre. Comenzó a salir y a ayudar económicamente con la casa. En ese momento sí se volvió el «hombre de la casa». Pero eso generó un cambio en su comportamiento, comenzó a tratarme feo cada vez que yo no llegaba a la casa temprano del trabajo, me decía que no podía llegar más de diez minutos tarde, que debía llegar a la casa a la misma hora que él o que, si no era capaz, debía renunciar. «Yo trabajo, tú en caso de no llegar a la misma hora en que yo a la casa, debes renunciar y cumplir con tu verdadero rol de esposa». ¡Qué rol de esposa ni que nada! Él quería controlarme: el tiempo, las salidas, mis amistades, la ropa que me compraba, qué me debía poner, qué no… Un día, no sabes qué chistoso me parece ahora pese a que en ese momento estaba muy enojada, él tenía una reunión con el pastor, era un almuerzo, nada formal; yo me había puesto un vestido azul con flores, muy lindo, que él me había regalado, y me lo hizo quitar. Me dijo que no podía usar algo que tentara al pastor. Me trató como una zunga. No quedó en paz hasta que me lo quité. Fue la penúltima vez que habló con el pastor y la última vez que fue a la iglesia, eso fue hace como nueve meses. La razón que me daba cada vez que le decía que fuéramos era que no tenía tiempo, ya no sé, cada domingo tenía una excusa distinta.

——–»Yo le decía al pastor que no sabía qué hacer con la actitud de Carlos, que cada vez era más controlador y más abusivo conmigo. Él me decía que orara, que debía luchar por mi matrimonio. Yo lo hacía y nada cambiaba. Cuando quedé embarazada, hace seis meses, las cosas empeoraron. Si te soy sincera, yo no quería tener un hijo. En ese momento mi trabajo era estable, pero Carlos no quería cuidarse y por un pequeño descuido quedé embarazada. Para Carlos fue el mejor día, yo no estaba muy feliz, siendo honesta. Me obligó a renunciar, a no salir de la casa más que a las cosas necesarias y cada vez que buscaba ayuda para que alguien lo hiciera caer en cuenta de lo controlador y dañino que estaba siendo, las respuestas del pastor y de mi mamá eran que orara, que él podía cambiar. Y cambió, ¡tenían razón!, pero para mal. Cada vez era peor, hasta que un día, ¿qué?… hace un mes, cuando llegó a la casa después del trabajo, me trató de lo peor porque se me olvidó ponerle sal al arroz.

——–—Eso me ha pasado, creo que a todos nos ha pasado en algún momento que olvidamos agregar sal cuando preparamos arroz.

——–—Sí, bueno, un pequeño error que lo llevó a levantarme la mano.

——–—¿Te pegó?

——–—No, no lo dejé. Lo intentó, quiso hacerlo, pero yo reaccioné. Recuerdo que en medio de los comentarios que estaba haciendo por el arroz sin sal, yo estaba saliendo del patio mientras él entraba, yo tenía la plancha en la mano, le iba a planchar el uniforme del trabajo… ¡ay, me río con solo recordarlo!… cuando él me levantó la mano, mi reacción fue tirarle la plancha. Alcancé a golpearlo con ella en el rostro. Él se enfureció y me tomó de los hombros y comenzó a sacudirme y yo, entre gritos, hice que el vecino entrara en la casa. Yo estaba muy asustada, Carlos estaba sangrando pero su rojo en la cara era de enojo y cuando vio al vecino, ¡ay!, fue peor. Se pusieron a discutir entre ellos. Llegaron otros vecinos y ayudaron a sacar a Carlos de la casa, él es fuerte, corpulento, ¡da miedo!, y más cuando está enojado, pero consiguieron que yo me encerrara en la casa.

——–—Debiste estar aterrada.

——–—Sí, tenía demasiado miedo, no sabía qué hacer, pero sabía que no podía llamar a mi mamá o al pastor, dirían que yo provoqué el comportamiento de Carlos sin razón, todo había sido por olvidar la sal del arroz, una pinche cucharada y él se convirtió en un monstruo.

——–—Entonces, ¿qué hiciste?

——–—Empacar. Empaqué unas mudas de ropa, mis papeles y algo de dinero y me fui a donde mi hermana. Carlos no estaba en los alrededores, y menos mal, no me habría permitido salir, pero me fui, me largué y no me arrepiento. Yo oraba, yo quería darle un hogar a mi hijo, pero no podía seguir ahí como una zonza con ese hombre tan malo, ¿qué clase de ejemplo sería para mi bebé? Aunque al principio no quería ser mamá, eso no quiere decir que deba ser una mala madre. No podía permitir que mi niño naciera en un lugar tan sombrío como ese, con un papá tan desagradable como su padre.

——–—Y te fuiste y ¿ya? ¿Carlos cómo reaccionó?

——–—Pésimo. Llegó al otro día a donde mi hermana y estaba furioso. Mi hermana no le abrió la puerta y él recurrió a mi madre y luego al pastor. Ambos me llamaron, me dijeron que tomara todo con calma. Que no podía dejar a Carlos, que solo debía orar, que él iba a cambiar… él me dijo lo mismo… pero era mentira. Él nunca quiso cambiar, ¿por qué lo vendría a hacer ahora?

——–—Es cierto. Tuvo las oportunidades antes y no las aprovechó. Entonces, ¿vas a ser madre soltera?

——–—No sabes cómo me encanta esa expresión —rio ante la expresión—. Mi madre dice que estoy pecando al dejar mi hogar, que debo volver a mi casa, que ser madre soltera es algo malo, que no podré sacar a mi hijo adelante, pero me encanta pensar que no será como mi madre dice. Para ellos eso no es un hogar, es un error. Pero no me importa. Sí, seré una madre soltera, la mejor madre soltera imperfecta que exista y que intenta sacar a su hijo adelante.

——–—Me dijiste que no volviste a la iglesia, ¿cierto?

——–—Sí, lo dije. Ellos no me apoyan, se opusieron a que yo pidiera el divorcio y a que decidiera ser madre soltera. El pastor sigue diciendo que ore y crea en que Carlos va a cambiar, pero ¡qué va!, eso no va a pasar, o no conmigo por lo menos. Ellos dicen que mi hogar y único lugar donde puede estar mi hijo es con su padre, que debo aceptar que cometí un error y pedirle perdón a Carlos y volver a mi rol de esposa, pero no. Ni siquiera lo quiero pensar. Por eso me fui, porque, en lugar de apoyarme, me juzgaron y lo respaldaron a él, al celoso, ofensivo, grosero y tosco ser humano con el que me casé.

——–—Dime, Tamar, ¿qué les dirías a las mujeres que están pasando por algo similar?

——–—¡Uy, qué pregunta! Les diría que no se queden con un hombre así. Que se amen y se encuentren. ¿Sabes?, yo creo que esta experiencia me ayudó a ser más fuerte. ¿Sabes qué significa Tamar?

——–—No, no sé.

——–—Mi madre me lo puso porque significa «palmera». Un día alguien me dijo que las palmeras tenían la capacidad de ser fuertes, flexibles y con raíces profundas. Así soy yo y así debemos ser las mujeres. Antes que ser esposas y madres, somos mujeres, seres humanos, que debemos ser fuertes ante cualquier obstáculo y dificultad que se nos presente, debemos ser flexibles para soportar los vientos recios que nos van a azotar y poder adaptarnos a los cambios y debemos tener convicciones fuertes en nosotras mismas, en amor propio, eso es lo que nos ayudará a salir adelante.

——–Amanda, agachando el rostro hacía la libreta, escribe las últimas palabras de Tamar en su agenda mientras intenta evitar que una lágrima recorra su mejilla, luego revisa su celular que ha sonado varias veces por las llamadas de su esposo, quien le dejó un mensaje de texto: «Son las 5:00 p. m., ya es hora de estar en casa».