Enjambre
Carolina Rodríguez Mayo*

 

 

——–Era nuestra costumbre salir por unas cervezas los viernes después del trabajo. Ella sonreía mucho durante nuestras sesiones de bar y bebida; nos mirábamos furtivamente, nos dábamos besos en el baño cuando nuestros compañeros no se daban cuenta. Recuerdo que un día bajo la mesa le acaricié la rodilla, sentí que una corriente eléctrica me recorría la mano y que solo sería curada después de una sesión de besos. Así solían ser nuestras salidas.

——–En un principio la vi luminosa. Todo lo que decía me parecía digno de libros, hablábamos juntas de películas, series, autores, reíamos ante nuestras anécdotas sobre hombres manilargos y desubicados; intercambiamos ideas sobre identidad de género, sexualidad fluida, comida favorita y perreo hasta el piso. Me subí tras ella a una montaña rusa de emociones arrebatadas, los puntos bajos eran abismos sin fondo llenos de vértigos después de cada pelea.

——–«Leí un libro sobre los enjambres», le dije un día, «¿sabías que los individuos cambian su comportamiento para encajar en su grupo? Por ejemplo, una abeja puede estar interesada en una magnolia, pero tan pronto ve que el grupo solo pretende ir tras las margaritas, modifica su interés inicial y se dirige a donde se dirija el grupo». «¿Esto es sobre biología o sobre sociología?», me preguntó sin quitar los ojos de su celular y añadió, «creo que frente a un comportamiento de grupo, el individuo se siente más cómodo, más adaptado y, por supuesto, más protegido». Quise presentarle a mis amigos, aquellos que ella no conocía, pero ella siempre lo eludía. No sé cuántas veces me quitó la cara para que no la besara en la calle, para que no le diera la mano en público. Incluso, en una de nuestras salidas grupales, un compañero mencionó que el sexo entre mujeres era incompleto, el sexo entre mujeres era, según sus palabras, una búsqueda fallida del pene; ella se rio con los demás. Vi sus dientes perlados casi hasta llegar a sus muelas, vi una carcajada que le desfiguró la cara y vi que sus facciones se fundían con las del compañero descerebrado que había hecho el comentario aquél. Luego, esa misma noche la vi completa, sin ningún rasgo que le cambiara su cara por una triste mueca; la vi entre mis piernas diciéndome que me quería.

——–Yo comencé a hablar sobre ella entre susurros. «Nadie puede saber de nosotras», me dijo un día cuando salíamos del motel, «yo no quiero que nadie se entere». Esa noche dormí abrazada a la incertidumbre, dormí pensando que mi felicidad merecía perecer bajo escombros, respirar con dificultad bajo una máscara y celebrarse en silencio. Una tarde y con una cerveza en la mano le conté a uno de mis grandes amigos, le conté lo que sentía por ella y lo que creía que ella sentía por mí. Él no sonrió ni una vez, solo asentía y me preguntó: «¿Por qué crees que actúa diferente cuando están con otras personas?», yo me negué a responder, me enfurecí pensando que él podría alegrarse por mí, felicitarme, compartir como cómplices acostumbrados detalles íntimos; sin embargo, él me negó eso, prefirió mostrarme algo que yo había decidido no ver. Entonces, la llamé, nos vimos, hubo más cócteles, más risas, más roces de mi mano y su rodilla. Invitó a una amiga suya a nuestra velada, me confesó que le había contado de nosotras; también me confesó que le interesaba contarles a unos cuantos más, siempre y cuando esos cuantos más no supieran que lo nuestro involucraba sentimientos.

——–En la marea de la rutina yo podía ver que su gesticulación no era la misma dentro de algún grupo. Me parecía por momentos que sus ojos y su boca se achicaban tanto o más que sus ideas. Desdibujada por un bruma de otras caras y el alarmante zumbido de la opinión colectiva, mi corazón no la encontraba, ¿quién era ella? No era la misma que yo adoraba, no era esa mujer dulce de pies descalzos, de ideas rebeldes, no era ni la sombra de la mujer que resonaba con los latidos de mi corazón cada viernes después del trabajo. Ella, de lunes a jueves, era una masa irregular de sonrisas complacientes y palabras sin sentido.

——–Las cosas dejaron de brillar, su compañía se me antojaba amarga y no quería escuchar a esas dos mujeres tan opuestas compartir una misma lengua. Creía que saldría airosa, salí pensando que habría una amistad. Las tardes de cerveza, siempre cargadas con chistes sexistas, se estaban convirtiendo en una responsabilidad. No quería seguir vinculada con aquellos compañeros que por dentro eran unos y por afuera eran otros. Dentro de la oficina, la empatía, el trabajo en equipo y la diversidad; afuera, el anquilosamiento, el esnobismo y el infame machismo. «¿Si te beso aquí me besarías de vuelta?», me preguntó cerrando la puerta del baño detrás de ella. «No volvería a besarte», contesté, «ni en secreto ni a la luz de lo que realmente sientes», respondí saliendo del encierro.

——–El comportamiento, transformado por la colección de las masas, obliga a las reinas a dejar la colmena. Reunidas con unos cuantos aristónomos salen a recolectar miel para construir una nueva colmena, no obstante, reinas y aristónomos corren el riesgo de vivir como nómadas, porque su inconformismo con las dinámicas grupales y con la mentalidad del enjambre los convierte en permanentes parias (Córdoba, N., Comportamiento de las abejas parias, 2018).

 

*(Bogotá, Colombia)
Viajera y escritora.
Literata con opción en Filosofía.
Especialista en Comunicación Multimedia.

Ha publicado su trabajo en revistas de Bogotá
como Sombralarga, Literariedad y Sinestesia.
Elegida como parte de una antología de jóvenes poetas con
Afloramientos, los puentes de regreso al pasado están rotos,
publicado por Fallidos Editores. Su poesía ha estado en lugares
como la
Universidad de Brown y en el podcast Gente que lee cuentos.