Entre espinas y rosas
Luis Alejandro Jerez*

 

 

——–Viví mi infancia en un frío y gris pueblito de la Sabana bogotana, que se caracteriza porque su fuerza productiva, desde muy temprana edad, es empleada en los extensivos cultivos en los que crecen las flores que luego son exportadas para engalanar con sus colores al mundo. Allí, en medio de una neblina incesante, solía recorrer en bicicleta los parajes que bordean los invernaderos en búsqueda de aquellas florecitas que se resistían a ser parte del producto insignia de la región y que, por obra y gracia de los polinizadores, germinaban afuera de las carpas de plástico en las que estaba destinado a pasar el resto de mi vida, como solía recordármelo mi tío Juan cada vez que me veía regresar a casa con los capullos recolectados en mis manos.

——–Él, un hombre joven y rudo, acostumbrado a trabajar arduo en los cultivos desde los once años, recriminaba a mi mamá por no enviarme a trabajar teniendo edad para hacerlo: doce años. Ella, que cumplía jornadas laborales de catorce horas, sabía que más temprano que tarde yo debía tomar aquel mandato para que fuese efectuado, pero, en medio de la abnegación, se resistía a que las tersas manos de su hijo sufrieran un rumbo que ya estaba heredado.

——–Mi devoción por traer flores a casa de diferentes tipos no se veía diezmada por los constantes reclamos de mi tío que, en medio de su pasión por la floricultura, se rehusaba a ver a su sobrino dibujando figuras femeninas con delicada indumentaria teniendo las rosas como inspiración. Así, aunque nos unía un apellido y la entrega por cuidar cada capullo que lográbamos sostener, las mirada con las que nuestras almas contemplaban aquella belleza natural eran tan distintas. Bajo su lógica, las flores no eran un milagro de la naturaleza que nuestros sentidos percibían para el embeleso del espíritu.

——–Juan creía, y cree, que los hombres de verdad no pintan vestidos, no recolectan flores para apreciarlas, para olerlas… Según mi tío, el pequeño sobrino que creció junto a él no es más que un «maricón»; palabra que mis oídos se acostumbraron a escuchar como respuesta a cualquier estímulo de  mi evidente feminidad. Juan, de convicciones tan marcadas como la musculatura de sus brazos, ve en las flores una oportunidad de congraciarse con sus valores cristianos de sacrificio y honradez. En cambio yo, Luisa, a través de ellas, aunque logro matizar la amalgama de tonos tan vibrantes como nostálgicos que me llevan a mi infancia, no puedo dejar de percibir las manos de mi tío, que todavía hoy, en medio de la rudeza, atesoran bajo su manto tan sutil delicadeza con la misma veneración que me enseñó a sentir con cada brote de enero.

 

*(Bogotá, Colombia)
Comunicador social y periodista,
Universidad de Palermo, Buenos Aires, Argentina.
Apasionado por la literatura y las relaciones humanas,
aunque la incertidumbre laboral lo ha llevado por caminos impensados.