Kassandra
Ester Blanco*

 

 

——–Con su mirada preciosa dirigida hacia mí, me dice Kassandra: «¡Dios! Siento tanta pena por quienes no tienen lo que nosotros».

——–Oír tales palabras, tan inusualmente dulces, me enternecía. Eran el tipo de palabras que me hacía permanecer dichoso a su lado. Me hacía sentir que había dos cosas dentro de ella, la enfermedad y luego ella. Éramos cuatro en realidad: ella, su enfermedad, la crisis y yo. Y cuento a la crisis también porque sin ella nuestra relación no habría evolucionado como lo hizo.

——–Hacía unos años ya que la tierra no respondía a nuestras intenciones. Suena terrible, una venganza de proporciones bíblicas. En realidad, no hay tal intencionalidad en lo que nos ocurre, simplemente las cosas comenzaron a pasar. Cometimos el soberbio error de crearlas pasajeras. Y ahora no hay casi tierra que pueda cultivarse, agua para regarla o energía eléctrica suficiente; la comida fue consumida, las plantas se secaron, los muebles se quemaron y la humedad se comió los techos. La Enfermedad se comió el dinero, la política, la economía. El tiempo pasaba y nos volvíamos más miserables. Estaba ocupado en ocultarme de la Enfermedad que trajo esta calamidad y en proteger a Kassandra. No había manera de salir sin pensar que podía matarla.

——–Y en medio de ese caos, estaba Kassandra: era el fuego de mi vida. Ella siempre fue mi novia. Desde que la conocí supe que quería estar con ella. Luego vino la enfermedad. Antes del primer signo evidente, ella supo que estaba enferma y se negó a salir de la casa. Se recluyó durante un mes en el que solo se dedicaba a bailar, comer y cantar. Pero todo lo que hacía parecía melancólico. Cada acción parecía una despedida. Y luego vino su nuevo cuerpo.

Todo comenzó repentinamente: primero perdió un ojo. Lo último que recordaba haber visto era una luz que la enceguecía atravesándole la cabeza. No podía tolerar esa luz, así que, para quitarla, quiso sacarse el ojo. Luego quedaron las sombras. Ese fue el inicio. Después de ese incidente los nervios se le quemaron, la piel se le hizo sensible, perdió el apetito y el sueño y dejó de hablarme por meses. Cada palabra que cruzábamos terminaba en llanto, en reproches por no estar con ella. ¿Cómo estar frente a la chica que amaba, viéndola vomitar y gemir de dolor todo el tiempo? Yo tenía un futuro con ella. Lo que ahora tenía frente a mí era la seguridad de que nunca la podría dejar.

——–No puedo confesar lo que pensé. Confesarlo sería completar el crimen. Esto es algo que solo yo debo saber. Pero estoy seguro de que cualquiera que haya vivido lo que acabo de describir sabe qué crimen es.

——–Solo dos cosas se salvaron: mi lorito y ella. Vivíamos en la ruina, pero Kassandra hacía lo posible para decorarla con lo que podía. Generalmente hacía coronas con sus jeringas ya muy gastadas, pintaba con esmaltes viejos vasos y preparaba velas con moldes improvisados.

——–Mariano era el loro de mi abuela. Lo tuvo con ella durante veinte años: el animal estaba tan acostumbrado a ella que se pasaba todo el día a su lado, posado sobre la silla o el hombro. A pesar de ser un ave, se comportaba como un perro. Mordía a quienes lo molestaban y cantaba si veía llegar a mi abuela a la casa. Después de que mi abuela murió, producto de la Enfermedad, el loro comenzó a despertarme todos los días a las ocho de la mañana. Me daba los buenos días puntualmente a esa hora y se acercaba hasta mi almohada para acicalarme. Hasta que no daba muestras de estar despierto, no dejaba de hacer ruido. Tardé unos meses en entender que esa era la hora en la que se levantaba mi abuela. Todas las mañanas Mariano realizaba la rutina que ella hacía: a las nueve preguntaba por el desayuno, a las diez rezaba el rosario y a las doce iba a la cocina para que yo comenzara a cocinar. Tener ese animalito, tan consciente de su rutina, era mi manera de mantener a mi abuela en nuestro cotidiano.

——–Aun teniendo las ruinas bonitas, a Kassandra no le gustaban los invitados. Generalmente me pedía echarlos, aunque fuera una falta grave. Nunca debía echarse a quien pidiera fuego, agua o asilo. En un principio decía que era porque no quería ser una mala anfitriona con sus náuseas y sus piernas inútiles. Qué error tan grave fue decirle que esas ridiculeces ya no importaban; nunca la vi tan furiosa: la espuma que le salía de la boca y le caía en la falda acompañaba sus gritos. Finalmente mostró la razón de su rabia: «Ojalá no tengas que pasar lo que yo». Solo diré dos cosas: nunca había sentido esa clase de repulsión por mí mismo y, a partir de ahí, no prendíamos velas en la parte frontal de la casa.

——–Los días terribles de Kassandra se volvieron más frecuentes. Sin suplementos y sin posibilidades de calefacción, el dolor era insoportable. Allí estaba: la luz lunar entraba por el techo y se reflejaba en su frente perlada y fría. Se oían los quejidos que salían constantemente. Exactamente cada cinco segundos. Los contaba para saber cuándo entrar en la habitación y cuándo era innecesario. Cada noche sabía cómo iba a estar solo con verle las córneas. Si estaban vidriosas era una mala señal. Generalmente la primera señal era su vulnerabilidad, decía cosas bellísimas y dulces. Luego comenzaba el dolor. Me sujetaba las manos con una fuerza que no tenía en todo el día. Si me iba a tapar al lorito muerto de frío, comenzaba a llorar porque la había dejado por ese pájaro sucio. No era mi Kassandra, era el dolor el que hablaba. Cuando negaba el agua, el fuego, la comida, era la desesperada supervivencia lo que la hacía mezquina.

——–Bendecía los días en los que estaba de buen humor. El clima se hacía ameno, la gente la adoraba al verla pasear por el barrio descuidado. Todos veían a Kassandra como era: brillante, amable, jugando con el lorito que llevaba en la falda. Qué poco duraba esa Kassandra a la que verdaderamente amaba; y qué desgraciado me hacía lo que el dolor me dejaba de ella. En los días felices la sacaba a pasear. No importaba qué tan abandonada estuviera la calle, hacía mi esfuerzo y me la cargaba en la espalda con una delicadeza que terminaba dándome tortícolis. Si no lo hacía, no habría más días felices. Valoraba cada segundo: tengo a mi amor, la que conocí y a la que la catástrofe volvió débil y amargada.

——–Y luego estaban las semanas malas. Las semanas cuando ella tenía que estar recostada sin hablar. Ya me había acostumbrado a esos días de pleno silencio, de oírla llorar y retorcerse de dolor. Me había acostumbrado a su esquema de velatorio, ceremonioso e insoportable. Dolía mucho verla así. Cuando ya estaba demasiado angustiada por el pánico y el dolor, yo salía a buscar medicamentos. Le dejaba a Mariano para que se consolara. La última semana que la vi fue particularmente difícil. Apenas podía comer y ningún médico quería tratarla, so pena de contagiarla de algo. Toda la semana la pasó semiinconsciente. Cada sorbo de agua o sopa que le daba era una garantía casi segura de matarla. No sabía qué hacer con ella, era tener una hoguera en las manos. Desesperado, decidí salir a buscar medicamentos para tratarla, comida y agua. Era tomar la decisión de dejarla morir en unos días o unos meses.

——–Generalmente tenía que salir en la noche, cuando menos gente había en la calle para evitar llevar a la casa enfermedades. El frío entraba por la nariz hasta la garganta. Las encías se enfriaban si jadeabas demasiado. Hay que ir con cautela. Con una luz por delante y un cayado en la mano. Caminaba con mucho tanteo, viendo las luces de las casas prendidas. En cuanto me veían pasar, salían a preguntarme qué necesitaba. Nombraba los medicamentos impronunciables y, tras el desconcierto inicial, la gente generalmente me ofrecía mirra, agua caliente o algún té. Todo se agradecía, pero ella no podía tomar ninguna de esas cosas: podía matarla sin querer. Así que continuaba mi marcha hasta llegar a lo que quedaba de la farmacia. Era una de las últimas luces de neón que quedaban. Allí me esperaba una enfermera que ya sabía qué dejarme preparado, aunque siempre fuera menos. «Dios bendiga tu esfuerzo, mi niño», me decía. Casi nunca le respondía.

——–Volver era igualmente dificultoso. Generalmente debía tomar el camino más largo porque era el más iluminado. La oscuridad duraba muchas horas del día y los escasos focos naranjas no dejaban ver más que unos metros. Todo estaba siempre mojado y sucio, temiendo que la luz se fuera a escapar. La calle era inmensa y mía. En ese momento de total silencio podía maldecir, acompañado por la escasa luz como testigo. Me acordaba de mi vida corriente, del trabajo que debía tener y de la novia que quería.

——–También ese camino pasaba cerca de la casa de Calipso, una compañera del secundario que siempre fue mi amiga. A pesar de que estábamos en la oscuridad, a pesar del hambre y el frío, ella mantenía una imagen angelical y abrumadora. Cuando ella aparecía en el marco de la ventana, el resto de la calle desaparecía. Era capaz de esperarla una hora a ver si se asomaba. Generalmente agitaba la lámpara para que me notara. Veía la cortina correrse, expectante prestaba atención al sonido de los pasos. Y ahí veía cómo la escarcha se apartaba cuando movía el marco de la puerta. Generalmente me preguntaba cómo estaba, cómo estaba Mariano y cómo estaba Kassandra. Con ella podía tener una honestidad cínica. Podía confesarme y ella me respondía que era lógica mi angustia, la incertidumbre, el miedo a la muerte. No se mencionaba a Kassandra.

——–Para cuando regresaba, Kassandra estaba durmiendo con el lorito a los pies. Aun así, le daba los analgésicos para garantizarnos unas horas de descanso. Esas horas en que dormía eran mis favoritas. No entendía su testarudez por vivir así. La raíz de su fuerza, esa rebeldía contra la muerte solo le traía dolor. Un dolor que solo tenía su cuerpo. Cuando apareció la enfermedad, esperaba que no sobreviviera. No podía imaginar que ese cuerpo tan frágil pudiera soportar semejante embate. Y, sin embargo, ahí estaba: maravillándome. El espectáculo de la vida permaneciendo, por ahora, por sobre la muerte, y por sobre mi libre albedrío.

——–No obstante, ese día, cuando llegué, la encontré sorprendida. No estaba acostada como siempre. Tenía las manos ocultas bajo la colcha y las mejillas arreboladas. No prendas la luz, me pidió. Había un temblor en su voz que me hizo percatar del olor que había en la casa. Un fuego pálido alumbraba desde la cocina. Y había silencio. Demasiado silencio.

——–—¿Dónde está Mariano? —pregunté.

——–Silencio.

——–Titubeante me contestó:

——–—Creo que se fue.

——–—No puede irse, no tiene plumas.

——–Di un paso. Se acurrucó con las sábanas.

——–—Que no sé. Me desperté y no estaba.

——–—¿Y eso? —dije señalando la cocina.

——–—No puedo verte…

——–Creo que fue el tono en su voz, esa voz que siempre utilizaba para mencionar el amor que me tenía lo que me hizo temer. Alcé la linterna contra su cara y tiré de las sábanas que la cubrían. Kassandra retrocedió encorvada, cubriéndose el rostro con las uñas ensangrentadas. Y allí estaban retorcidas y quemadas las plumas que apenas cubrían un cuerpo blando y pequeñito; una cabeza cercenada que llevaba la lengua fuera como una acusación. Me abalancé sobre ella enfurecido, pero en cuanto la sujeté del brazo comenzó a gritar histéricamente. Le sujeté la boca deseando tener más fuerza que lo requerido, pero ella consiguió morderme. Juro por Dios que nunca sentí los dientes de una mujer tan afilados como los de Kassandra. Se logró soltar y en medio de un llanto histérico, apoyada sobre la cama me dijo:

——–—¡Me dejaste sola! ¡Me iba a morir!

——–—¡Siempre te vas a morir, Kassandra! ¡La vida es eso! Solamente me fui por unas horas.

——–—¡No es cierto, te fuiste y me dejaste sola! ¡No puedo recordar cuándo te vi por última vez!

——–El resto de la discusión no pude memorizarla. Ella clamaba, exigía e insistía en que me había marchado por mucho tiempo. En realidad, no fue tanto como para poder llevar a cabo semejante aberración. La comida estaba en la parte de atrás de la casa. ¿Acaso no podía ir a buscarla? Obviamente no. Su fuerza estaba allí para atacarme, pero se ve que era demasiado esfuerzo caminar hasta la alacena. Al día de hoy dudo de esa vulnerabilidad. Si no díganme: ¿cómo puede ser que no pudiera caminar, pero tuviera suficiente fuerza para estrangular un animal vivo?

——–La dejé sola toda la noche. La oí quejarse del frío. Pedirme perdón. La oí maldecirme, la oí alzar su voz para asegurarme que moriría pronto, que la enfermedad, que no traía en el cuerpo desde mi nacimiento, vendría a mí de todos modos. Luego de desearme aquello, entré al cuarto para besarle la frente y arroparla. Me quedé a su lado. La observé serena. Apenas se levantaba el pecho mientras respiraba. No había más mundo que ese, mundo que me había ganado a costa de renuncias. Y no podía exigirme amor. Las circunstancias me llevaban a ser hipócrita en pos de su supervivencia.

——–A la mañana siguiente decidí irme. Pero debía evitarme el ostracismo por abandonarla. No estaba dejándola sola: llamé a la vecina quien se comprometió a cuidarla mientras iba de viaje para conseguir medicamentos. Debo confesar que esta excusa tiene algo de verdad. Si logro conseguir la medicación, volveré. Por lo pronto me garanticé de que ella viva y sé que lo hará. Ese cuerpo ha soportado tantos males contra sí mismo que puede soportar lo que le depare este mundo. Y como la amo, a pesar de todo, hice un último sacrificio. Esta mañana antes de partir, le dejé hervido en una sopa la carne de uno de mis meñiques. Ya saben, para que no tenga que lidiar con la carne dura, como ya lo hizo con el pobre lorito.

——–¿Qué creían?, ¿qué me iría y la dejaría sin comida? Llevo la prueba de mi amor para siempre, hasta cuando mi carne se pudra y muera, la gente verá mi mano y todos sabrán cuánto amé a Kassandra.

 

*(Buenos Aires, Argentina)
Estudiante de Lingüística (focalizada en tipología) en la UBA.
Publicó en la revista Marabunta Amor fati (2019) y El enterrador (2020);
el poema La hija ajena (2020) en Revista Kaya;
y el cuento La media cabeza (2020) en Straversa.

esterblanco941@gmail.com