Marcador en ceros
Simona Sivestri*

 

 

 

——–Cuando pienso en mi espíritu intento palparlo y bajo mis yemas florece como una lengua felina, áspera de pisar tantas piedrecillas; miro hacia el cuarto trasero craneal, tiro de la cuerdilla empolvada y veo luz a través de la niebla color sepia. Con esa lengua gatuna logro reconocer el sabor amargo que corresponde a un sentimiento muy particular. ¡Oh!… el sentirse un ser ominoso, enfermo y monstruoso, como si un velo invisible me hubiese separado toda la vida de los demás… aquel es el sentimiento que se tiene cuando la vida no empieza con un marcador en ceros, sino en números rojos.

——–Nací el 8 de enero de 2001 en una familia convulsionada. Fui el nudo inicial de aquel hermoso macramé que envolvió nuestras vidas. Vivimos mi primer año y medio en la casa de mi abuela paterna, quien recibió a mi madre a regañadientes entre sus muros… éramos átomos inertes que incluían a una empleada de servicio interna, junto a su hijo veinteañero. Clara fue absorbida por el odio y los malos tratos, pero qué hermosa se veía rezando a su dios para salir de allí: la hermosura no residía en su sufrimiento, sino en la fe que parecía cubrirla de las estocadas. Poco la ayudaba con su huida, así que descargaba su frustración en mi madre, la humillaba en cuanto tenía oportunidad, le echaba en cara el «haberse dejado preñar».

——–Durante mi primer año y medio de vida mamá me confió al cuidado de aquellos muros cuando debía salir de esa casa… Recuerdo que chapoteaba en un balde naranja junto a las donas plásticas que flotaban y contrastaban con la luz cálida de la escena; cabalgaba sobre el lobo siberiano del vecino. Mi madre contaba cada escalón mientras me tenía en brazos… uno, dos, tres, cuatro… «Alguien está haciendo algo conmigo, yo no lo quiero, me duele, siento que no está bien, pero él tiene el poder y la autoridad, no, no otra vez»; esa es la manta de retazos que a través de los años he podido tejer, aunque aún falta un cuadrado de tela: el rostro del monstruo.

——–No logro imaginar el terror que sintió mi madre cuando una enfermera aferró su brazo por el pasillo de aquel hospital, «su niña tiene signos de abuso, no es normal que presente infecciones a esta edad»; tampoco consigo reconstruir su rostro cuando ella misma le preguntó si alguien me tocaba, por ello logro comprenderla cuando decidió ignorar todo aquello. En el jardín de niños, las maestras le informaban a mi madre que yo frotaba mis muslos a la hora de la siesta; de nuevo, ¿alguien toca a su hija?

——–Tenía cinco años, me veo corriendo por el parque nocturno, los hermanos Méndez siempre lograban alcanzarme y tirarme al suelo, uno me besaba mientras el otro me sostenía de las muñecas sobre el pasto húmedo; cuando se lo conté a mi madre ella corrió a la casa donde vivían y con furia contenida se lo comentó a su madre: soltó una gran carcajada y el humo de cigarrillo se desparramó sobre el rostro de mi madre, le dijo que sus niños eran simplemente muy pícaros, que eran «todos unos hombrecitos», también le dijo que a su corta edad (uno tenía diez años y el otro, doce) ya arrinconaban a las niñas tras las puertas del colegio. No volví a ir al parque sola, mis amigos terminaron por cansarse de preguntar por qué corría a casa apenas veía a los dos hermanos cruzar el umbral de la puerta… No sé cuántos años apreté las llaves dentro del bolsillo cada vez que pasaba frente a aquella casa.

——–Mi abuela materna murió cuando yo tenía once años, allí me di cuenta del gran poder que tienen los funerales para congregar a la familia. Ese día de enero, los adultos salieron a comprar tentempiés, me dejaron con dos primos, a los que remotamente conocía, uno de catorce, el otro de dieciséis o dieciocho años, ya no lo recuerdo…

——–El mayor estaba en el sofá verde y con su voz chabacana me llamó, me tomó por la cintura y me sentó sobre sus piernas. «Hola, primita, ¿cómo estás?», miró mi camisa cuello bandeja. «¡Uy!, ¿por qué tan seductora?» —esa pregunta me azotaría por años al tratar de dar respuesta acerca de lo que allí ocurrió—; tomó su teléfono y entró a una página porno, joder, ¡tengo la imagen tan viva en mi cabeza! Nunca había visto algo como eso, leggins fucsia y una gran polla encima, me espantó terriblemente… «¿Sabes lo que es esto?, ¿te gusta?, ¿quieres seguir mirando?», intenté pararme, pero sus manos me sostenían fuertemente por las caderas. «¿Qué pasó, primita?», me tomó del rostro e intentó besarme. «Tranquila, yo soy amoroso», lo volvió a intentar, me resistí, entonces me arrinconó y sacó su pene, lo agitó frente a mí, me preguntó si quería tocarlo, me negué, mas no dejaba de insistir, cerdo lleno de sevicia, intentó tocar mi pecho y mi entrepierna, cuando allí llegó grité, pero no había quién me ayudara. Al final logré zafarme, me senté en otro sillón, él me puso la mano en el muslo. «Tranquila, no pasará nada que tú no quieras». El olor a manteca de caléndula que él emanaba me acompañó por el tiempo, como un mal presagio.

——–A mis trece años compré un arnés de pentagrama, al otro lado de la mesa mis padres me regañaban: «Te ves como una… como una… ¡ay!, ¿no es muy… salvaje?», negué todas estas preguntas, aunque sabía que era terriblemente provocativo, después de todo el almacén donde lo adquirí tenía maniquíes con pezones cubiertos de cera de vela negra y roja, exquisito. Aquella charla derivó en la confesión de mis tendencias sadomasoquistas y, después, cuando las lágrimas fueron un poco más profundo, mi lengua soltó aquella crónica del primo, el cerdo. Poco pudieron hacer cuando una catarata salina les bajó por el rostro y entonces me preguntaron por qué no les había dicho antes. Aún no asimilaba que aquello había sido abuso, más bien lo había codificado como atención masculina normal: «Si te molesta es porque le gustas».

——–Dos años después unas primas planeaban viajar a Medellín solas, niñas todas, y allí… allí estaba mi abusador. «Debo prevenirles», dijo mi madre, yo me tiré al suelo en lágrimas rogándole que no le dijera a nadie acerca de lo que había sucedido, no quería romperme bajo el peso del estigma. Mi madre llamó a su hermano para contarle lo sucedido con aquel primo, él le prometió que no se lo diría a nadie, pero no fue así y yo, en un intento desesperado por detenerlo, llamé a mi tía: «Hola, llamo para hablar de lo que pasó… para aclarar algunas cosas…», ella solo me preguntó si había sido Diego, cuando le dije que sí, me dijo: «Tranquila, mamita, yo me encargo» y colgó el teléfono.

——–Todos terminaron por saber lo sucedido, excepto la madre del perpetrador… Todos llamaron a Diego, le hicieron preguntas, parlotearon entre ellos. Mi teléfono no sonó ni una sola vez y en la siguiente reunión pude leer en la cara de cada uno de los mayores cierto desprecio, cierta incomodidad; después me enteré de que había pasado a ser una traumada y demente que no pudo quedarse callada; es evidente, si yo hubiese callado ellos podrían haberse regocijado en su comodidad, ahora solo podían ensuciar su vítrea mirada, ciega al dolor.

——–Duré meses ideando el discurso que daría en una de sus preciosas veladas de vino abundante: sí, se los diría, les diría que por ellos se seguía perpetuando el abuso, que su silencio a medias era corrosivo y su moral, obtusa; me relamía los bigotes al pensar en aquel manifiesto que declamaría con el vino como sangre redentora de mi dolor, sí, sí, se los diría… ¿o no?

——–Mis padres estaban en el auto cuando recibieron la llamada, era la madre de Diego. No se quedó corta a la hora de lanzar terribles improperios, su lengua viperina fue tan larga que llegó a amenazarlos. Luego agregó: «Hackeamos el Facebook de su hija, ustedes no saben en qué está metida esa putita, ella no es una santa, no, es una sucia puta mentirosa». El hermano de aquella señora había sido un narco y el daño que podía hacerme a mí y a mi familia era infinito, ¡ah!, pero lo que más me desanimó fue el compilado de juicios de mis tíos cuando hablaban del tema con mi madre: «¡Ah!, yo tenía entendido que eso había sido un tema de exploración mutua, usted sabe, “entre primos más me arrimo”».

——–En mi familia los abusos sexuales más escabrosos se habían encubierto sistemáticamente generación tras generación; los abusadores cenaban el mismo pavo de navidad que nosotras, en la misma mesa, y nadie hablaba… ¿O acaso alguna quería terminar con la armonía familiar?, incluso veo en mí aquel impulso silenciador, yo misma me cuestioné si mi prima, la de ojitos caídos, debía hablar cuando me enteré de que también había sido víctima.

——–Lo que más me costó conciliar fue la idea de que no soy un ser ominoso que merezca estar aparte de los demás, que no estoy rota, ni enferma… aquellos sentimientos solo son secuelas del dolor de no comenzar con el marcador en ceros, desde aquel anónimo abusador que se aprovechó de mis ser de un año y medio, pasando por los hermanos y mi primo, hasta los asquerosos personajes —lamentablemente— cotidianos que no aguantan lanzar un aullido lascivo y violento a las que caminamos por la acera. No, no soy un ser roto, soy un ser fuerte, ahora mis números son verdes, verde esmeralda, verde esperanza, pues soy lo suficientemente valiente como para ver cara a cara a mis traumas, estoy templada en alquitrán humeante; no, no estoy rota, soy kintsugi, que por fin ha logrado quitarse el estigma de encima, aunque falte todavía mucho por andar; y yo seré útil para cualquier persona que necesite un hombro, una piedra fundadora, unos tímpanos bien sensibles, pues, siento la paz cada vez más cerca de mi piel, pero… ¡No te salves!

 

*(Bogotá, Colombia)
Estudiante de Biología,
Pontificia Universidad Javeriana.

Tercer puesto en el Congreso de Antropología con Impulso no Filosófico
de la Universidad Santo Tomás, año 2018.