La doble piel
Mariana Díaz

 

 

——–Tomé el cuchillo más afilado de la cocina y me senté en el mesón negro mate, no me molesté en agarrar una tabla para picar pues un plato blanco serviría para mis ansias. Las puse ahí, eran unas cuatro setas pequeñas y azuladas que corté en diminutos pedazos, los cuales arrojé al chocolate caliente. Ed estaba a mi lado, con el reloj de pulso dispuesto a medir veinte minutos a cuentagotas, el cerrojo estaba echado, las cortinas cerradas ondeaban cual membranas orgánicas y cuando el patio se abrió como una orquídea lúbrica, el chocolate fue avalancha para nuestros vientres secos.

——–La lista de canciones milimétricamente planeada se echó a correr por los parlantes, tendimos la ropa sobre el sillón antes de entrar al patio, como si hubiésemos sabido que desnudarnos era requisito para entrar a lo que se convertiría en un recinto sacro. Después de un golpe de sensación primigenio e irresistible, el sentir solo nos arrastró colina arriba, por una parábola cuyo punto de inflexión resultaba absurdo. Estábamos pues, a bordo.

——–Nos metimos en la pequeña piscina armable, mi piel no se llenó de aquellos relieves que rechazan toda temperatura inferior a la de la propia carne. Los verdes de las plantas se colaban por mis ojos, pero, mejor aún, por mis poros. «Ed, el sol es líquido», le dije; a lo que él respondió saliéndose de la sombra de la enredadera, estiró sus manos hacia el sol, después de todo, esa era la única manera, pues el sol se derramaba sobre nuestros cuerpos, llenándolos de dorado, de fuerzas danzantes que nos guiaban a la cima del volcán… Volcán, ¿qué volcán?

——–Ambos sentíamos un buche de aire caliente en el pecho, como globos aerostáticos, emulamos también la sensación de ligereza, como si el cuerpo se fuese a elevar de repente por la columna de aire, siempre arrastrado por los pezones erizados y oscuros. Tal era el calor que emanaban los costillares que se podía sentir en la punta de los meñiques de pies y manos, solo bastaba mover las articulaciones para estimular el flujo termodinámico, era una danza sincronizada con el viento y su manera de fluir.

——–Mi mirada saltó de la figura danzante de Ed solo para posarse en mi cuerpo, que ante aquellos lentes se veía tan antiguo y primordial; lo toqué con asombro, me pedía caminar por los tubos estructurales de la piscina, me pedía tenderme bajo el sol pues allí se sentía divino, como una Venus que cambia sus pieles por escamas y se transforma en boa, en pitón, en constrictor y en selva húmeda de calor. Era verdad, un aura de divinidad se había apropiado de la escena, las plantas, el agua, Ed, una suerte de Jardín del Edén pagano, regido solo por una fuerza, la de la vida.

——–Mientras andaba a gatas con equilibrio dado solo por lo divino, me rocé con las plantas, las observé y quedé absorta, pues por primera vez vi como fluía la vida en ellas, que se movía, desembocaba en mi piel y se extendía por cada vaso sanguíneo recubierto de lignina. «Después de tanto tiempo, escucho a los haces vasculares gritar fuera del microscopio», pensé.

——–Me detuve en una estructura verde y gruesa, orégano orejón, mis dedos arrancaron una hoja sin pedir permiso, la trituraron y la sabia se regó por mi mano, espesa y de un verde etéreo, las falanges se extendieron y la acercaron a mis fosas nasales y el aroma viajó por mi tráquea; sí, ahora era verde y una con ese ser que ahora esparcía por toda mi piel animal, fresca.

——–Entonces Ed me agarró por la espalda y encajó su cabeza en mi cuello, me volteé. «Dios mío, cómo se ve tu piel», dijo. Nos miramos mutuamente, con un detenimiento exquisito que paralizó el tiempo. «Tienes una doble piel…», lo toqué, era cierto, ambos la teníamos.

——–En su pecho la vi, primero una membrana de una delgadez inmensurable que se transparentaba para dejarme ver el movimiento de la piel interna, del ser interno, mediado por una capa acuosa; parecía que mis dedos la fuesen a perforar en cualquier momento, pero era impenetrable, solo se rompería cuando la muda llegara… ¿Cómo llegaría la muda? ¿Estridularíamos como cigarras hasta estallar? O. más bien, ¿tomaría diecisiete años bajo suelo amazónico?

——–Me sumergí en el movimiento de una piel bajo la otra, cada vez creía ver con más claridad la organicidad de Ed: sus músculos, su sangre apresurada y aglomerada en pequeños remolinos que giraban al beat de un corazón níveo y transparente, infinitamente puro, infinitamente fuerte. Viajé a través de sus venas, que cada vez se hacían más y más delgadas, hasta abastecer los capilares sedientos de oxígeno, sedientos de vida. Por el torrente también se desplazaban emociones que estallaban en la córnea de sus ojos, como inflorescencias tropicales. Era su sonrisa el receptáculo de toda la belleza en su cuerpo, le delataba, a su vez, yo lo redimía para verter sobre él todo el amor que en mi sangre no se podía contener.

——–El tiempo se quebró y siguió su curso. Bajé la mirada y me encontré con un arroyo carmesí bajando por mis muslos, me sorprendió, lo había olvidado por completo. No sentí repudio ni afán por secarlo o siquiera desviarlo, no tenía sentido, era la vida misma, era lo mortal drenando de mi carne divina. Pinté las puntas de mis dedos índice y medio de ese rojo granate, los pasé como pinceles por mi vientre, senos, glúteos y cuello; mi mirada no vio mi cuerpo sino, siglos de ruptura y deshumanización, siglos de lejanía entre mí y el cuerpo, suprimido, enfermo bajo el asco infundado y violento. Entre más me sumergía en la sensación de mi sangre, los siglos se estrechaban más y más, desapareciendo bajo una sutura reconciliadora. Me incorporé ante Ed y me abrí como una crisálida, orgullosa y destilando libertad. Me miró con una sonrisa y dijo: «Es un color hermoso».

——–Nos tendimos juntos en el césped, uno encima del otro mirando al cielo, y mientras las respiraciones se sincronizaban, el solo mirar al cielo se tornó sobrecogedor, éramos tan pequeños y el cielo parecía querer plegarse sobre todo lo que yacía a sus pies. Entonces lo comprendí: aquella sensación tan infinitamente mayor a nosotros era el sentimiento de conexión con el mundo, como células correspondientes al hígado de un organismo gigante y multitisular llamado tierra, del que nunca nos podríamos desarraigar. No sé cuánto tiempo pasamos en aquella posición, pero sé que mis lágrimas se filtraron a través de la tierra negra, hasta llegar a un corazón redentor en el centro ardiente del planeta.

——–El sol líquido comenzó a partir; el oro ahora era cobre y ya no alcanzaba el canela de nuestras pieles, la oscuridad fría reemplazó la luz; el viento nos llenó de arroz la piel, solo quedaba retornar a la casa, subir a aquel balcón y saludar desnudos a las avionetas nocturnas que pasaban por allí. Sin darnos cuenta, la nave nos había dejado en nuestra cama, cuidadosamente cubiertos por una sábana, sanos y salvos, pero nunca siendo los mismos.