Filosofías de un ser dividido entre lo mundano y lo divino
Ignacio Cantillo Saade

 

 

——–¿Quién soy?… ¿Qué soy? Preguntas que muy pocos solemos hacernos en estos tiempos. Los antiguos —seguramente por falta de internet, redes sociales o televisión— se preguntaban constantemente esto. Son cuestiones que existen, posiblemente, desde que el primer individuo se quiso identificar a sí mismo (aquél que logró racionar y crear un concepto mental, «cuando el lenguaje no hablaba»). Sin embargo, el vicio de la contemporaneidad nos ha alejado un poco de la filosofía, que siempre buscó intermediar entre la experiencia, la identificación y el medio en que habitamos. Hoy en día nos identificamos con el verbo ajeno, con lo que nos dicen que somos: nos esmeramos por mostrar una realidad inventada, exagerada o maquillada para ganar opiniones y likes en las vitrinas mercantiles de las redes, buscamos la aprobación externa, de extraños; nos conformamos con aquello que ya se dijo y no dudamos en separar nuestro ser en componentes que, a la larga, podrían no tener lógica alguna: cuerpo, mente y espíritu. Pero… ¿qué son el cuerpo, la mente y el espíritu?

——–El cuerpo: lo primero y más mundano que tenemos a mano, es lo físico, eso que nos permite interactuar con el entorno, eso que intercede entre «nuestro interior» y lo exterior; aquello que es tan diferente, único e irrepetible pero, aun así, igual o semejante al del resto: cabeza, tronco, extremidades, órganos… siempre limitado por la piel, esta que guarda nuestro interior; en todo caso, el cuerpo es lo real, lo innegable, lo que es.

——–«Nuestro interior»…, ¿cómo lo definimos?, ¿cómo lo clasificamos?, ¿es mente o es espíritu?, ¿son tripas?, ¿es otra cosa o no es nada? Eso dependerá del tiempo y del lugar donde hayamos nacido. Aquí, en Latinoamérica, por lo general tenemos la versión clásica y después alimentada por el cristianismo: nosotros somos alma, espíritu; una energía, aparentemente divina, que no transmuta pero que sí abandona su carcasa —o incluso cambia de cuerpo, según otras tradiciones que hemos adoptado— y que no pierde sus características intrínsecas al ser; porque cuando vayamos a una vida eterna después de la muerte —o nos metamos en el cuerpo de otro ser, como la reencarnación afirma—, nosotros seguiremos siendo los mismos, tendremos acceso a nuestros recuerdos y experiencias pasadas. Pero, ¿acaso somos los mismos desde que nacemos hasta que morimos? ¿Cómo generar una perspectiva única del yo si siempre estamos en constante cambio? Yo no era el mismo cuando me levanté esta mañana y no seré el mismo cuando me acueste a dormir esta noche, algo en mí habrá cambiado. Lo único seguro e inevitable en esta vida, en este universo, es el cambio, y este depende del movimiento, constante y perpetuo.

——–El movimiento es una concepción básica que todos conocen como el desplazamiento de un punto a otro; la contraposición de la «quietud» (noticias: nada nunca está quieto). La Física advierte (desde Einstein) que el movimiento no solo está ligado al espacio sino también al tiempo: para que algo vaya de un punto a otro tiene que pasar el tiempo; sin tiempo, no hay movimiento. Es precisamente ese movimiento y la percepción de este lo que nos permite autorreconocernos como entidades vivas. Y fue allí donde los antiguos empezaron con estos intentos de definir y clasificar la vida.

——–La intrínseca necesidad del ser humano de identificarse consiste en la comparación, diferenciación y clasificación. Nadie puede identificarse a sí mismo si no tiene elementos con qué compararse, algo que advierta «qué no somos». Así, la primera comparación debió haber sido con los entornos primitivos del ser humano y la primera diferenciación debió haber sido entre aquello que no se mueve y aquello que sí: nosotros nos movemos, por ende no somos como aquello que no se mueve; he allí la primera clasificación evidente.

——–Dicha clasificación nos permite reconocer, incluso hoy en día, la vida. El movimiento caracteriza a la vida. Por lo tanto, esta categoría abarca a todo ente animado como semoviente, es decir, que se mueve por sí mismo. Los clásicos, originarios de nuestra cultura y de quienes heredamos la sociedad, creían que todo aquello que tenía movimiento estaba vivo: el hombre y la mujer, los animales, las plantas, los astros, el mar, el viento… Sí, elementos que hoy en día sabemos que no tienen vida, para ellos estaban vivos y construyeron gran parte de sus ritos entorno a esta creencia (luego vendría el cristianismo y despojaría de ese concepto a plantas, animales, el firmamento, negros…).

——–El movimiento tuvo distintos orígenes en diversos elementos pero hubo uno que fue y es el protagonista en esta historia: el viento. Tanto griegos como romanos pensaban que la vida era dada por un soplo, algo inmaterial que nos daba la capacidad de movernos. Los griegos le llamaban pneûma y los romanos, spiritus al espíritu; también tenían su psyché y anima, respectivamente, en referencia al alma; sin embargo, estos términos, antes de que la teología cristiana se los apropiara, eran intercambiables y todos apuntaban a lo mismo: soplo o respiración (y aquello relacionado con el aire). Las creencias antiguas, no solo las grecorromanas, concordaban en que la vida era dada por un soplo —unas veces divino; otras, mundano—. Es un concepto que no es tan descabellado, pues, aparentemente, todo aquello que tenían a la mano para reconocer la vida, empezando por ellos mismos, respiraba; y la respiración, en efecto, es algo característico del ser humano. Todo el entendimiento vulgar sobre la vida radica allí, en la respiración: la palmada que se le pegaba a los bebés al nacer era para comprobar si respiraban; lo último que hace alguien que agoniza es amittere animam (perder la respiración o la vida), es esa última exhalación de aire que a todos nos aterra y por ende nos aferramos a cualquier creencia que nos dé una garantía de continuar siendo nosotros.

——–Asimismo, en los seres humanos la respiración no es evidente en otra parte sino en el pecho, y fue allí donde fue posicionado este elemento dador de vida: es ahí en donde nos autoseñalamos cuando decimos «yo soy». Por ende, el alma, en nuestro último suspiro saldría del pecho y se llevaría todo lo que somos a otro lugar, abandonando para siempre esa carcasa perecedera llamada «cuerpo». Los clásicos fueron quienes empezaron con la división entre el cuerpo y nosotros: nos despojaron de esa unanimidad indivisible. No voy a decir que fueron ellos también los que con ese machetazo crearon la moral, pero al menos sí fueron ellos quienes la atribuyeron a algo más allá del cuerpo, a una responsabilidad superior que no identifica diferencias físicas ni contextos ni capacidades individuales ni nada; se inventaron una entidad de nosotros mismos que está por encima del mundo y que debe responder a las mismas normas sin importar quiénes y cómo seamos. Y aún traemos esto con nosotros: todos debemos ser uniformes, iguales, indiferentes a nuestros contextos; todos debemos actuar igual, todos debemos movernos igual. Normas de conducta.

——–Ahondaría sobre cómo en otras culturas, también con divisiones, se entendía la vida humana (como los antiguos egipcios que dividían al ser en siete partes, o el hinduismo tiene dos estados de conciencia: el ego y el atman), pero estas filosofías no las heredamos nosotros precisamente. Nuestra tradición, en lo que conocemos como Occidente, es principalmente grecorromana y después adaptada por el cristianismo en cada región.

——–Platón ya hablaba del cuerpo como una cárcel para el alma, separando un mundo material y el de las ideas, y su fin era alcanzar la máxima belleza en ese último mundo, pero este fin se ve truncado por un mundo corporal y material. Aristóteles nominaba al alma como aquello que dotaba de vida a un cuerpo natural, siendo esta la que definía su esencia… En todo caso, insistían en la división del ser, un componente material (cuerpo) y uno inmaterial (alma o espíritu). Este último, por supuesto, era el que dictaba la personalidad, los pensamientos, sentimientos, etc. Tal pensamiento dualista fue el desarrollado y el predilecto para entender al ser humano, por lo menos hasta que llegase el cristianismo; ya fuese como algo fundamental del componente ser (un todo, compuesto por partes), según la corriente aristotélica; o como una parte que confina al ser y de la cual hay que librarse, en la corriente platónica. La experiencia individual, aunque única, queda mediada por estas dos partes.

——–La tradición judía también parte del movimiento y el soplo para hablar de la vida: néfesch. No obstante, en esta tradición no se pone en duda el lugar de origen del alma, es en su dios, único, creador de todo, tanto de lo animado como lo inanimado (claro está que para ellos solo una de estas creaciones es más especial que el resto: el hombre —atención: ¡el hombre!, no la mujer—). Es clara la necesidad antropocéntrica de estas tradiciones de buscar y dar orden al mundo desde la perspectiva de una comunidad enteramente patriarcal. Indirectamente no solo dividen lo físico de lo intangible, sino que también subclasifican y jerarquizan las diferencias entre las diversas categorías: los animales y las plantas existen para el beneficio del hombre y, por supuesto, la mujer también.

——–Infortunadamente es esta la tradición que toma la sociedad europea tras la caída del Imperio romano, allá en el siglo V. La cristiandad crece con fuerza y en su propia filosofía, basada en una mezcla de la tradición judía con la grecorromana, divide aún más al ser: el alma es diferenciada del espíritu, creando tres partes que componen al ser humano: cuerpo, alma y espíritu. Cuerpo: lo meramente físico y material (el pecado); alma: aquello que nos permite interactuar con nuestro entorno, sentidos y sentimientos (lo pecador y también lo que hoy podríamos entender como mente); y espíritu: aquello divino que nos une a este dios y nos permite comunicarnos con él (y aquí aparecen las intenciones del corazón, como algo puro y esencial). No obstante, la teología cristiana junto con las élites del poder en su necesidad de legitimar sus actos fueron las que se encargaron de clasificar al ser según sus características: entonces los animales y los árboles dejaron de poseer un alma, claramente el mar y el firmamento con sus astros móviles también la perdieron; y hasta el mismo viento, quien dio origen al término, perdió su esencia, su alma… También hubo personas que fueron denigradas a un estado donde, prácticamente, su alma era de alguien más: los esclavos tenían el cuerpo y los amos, el alma. La colonización de África y la expansión de Europa por el mundo hicieron que metódicamente todo un continente perdiera su alma, su esencia; la materia prima que el señor europeo tomaba del continente africano era esclavos, y estos no eran nada más sino lo que el amo quería que fuesen. Por ende, la población negra pasó a ser un ente sin alma, sin vida, solo una máquina que obedecía, no tenían un movimiento propio elegido por ellos mismos.

——–Agustín de Hipona, en los siglos IV y V, argumentaba en pro de esa dualidad clásica, retomando la idea platónica de un cuerpo como cárcel del alma, ente divino que busca escapar de lo material y volver al dios cristiano. Tomás de Aquino, por su parte, aún el siglo XIII, también rescataba la visión aristotélica de la dualidad alma-cuerpo como una unidad —seguramente inseparable en la vida; aunque una parte despreciable en la muerte, el cuerpo, y otra parte que trascendía, el alma—. Siendo estos dos unos de los principales filósofos y teólogos de la cristiandad, que inspiran aún a miles, no pudieron detener las múltiples divisiones que se le hacían al ser y su existencia, tanto así que hoy en día continuamos haciéndolo. No obstante, estos dos pensamientos fueron trascendentales a lo largo de todo el Medioevo y contribuyeron como base para las ideas que surgirían más adelante. En todo caso, estaba ya acentuada la idea de que el ser tenía un «alma»; no se le podía concebir sin esta.

——–El catolicismo importado de la Europa peninsular, fuente de nuestra cultura latinoamericana, nos trajo esas tres divisiones, y no fue hasta la modernidad donde ese entendimiento empezó a cambiar. Incluso en el Renacimiento, con su vuelco a lo clásico y su ligero abandono a la divinidad cristiana, pensaban al ser con estas divisiones; pero sirvió de plataforma para los pensadores de la Edad Moderna que replantearon esta cuestión de qué compone al ser humano. Hubo diversas corrientes filosóficas que definían y componían al ser de distintas formas y hoy, por supuesto, no hay un consenso sobre qué es el ser humano.

——–El corazón ni razona ni siente —seguramente el dolor de un paro cardiaco sí lo siente—, pero las ciencias, la medicina y en especial la neurología entendieron que el principal elemento del ser es aquel que controla todo, nuestro movimiento, nuestro cuerpo, nuestras emociones e incluso nuestras creencias y espiritualidad: el cerebro. Fueron en los siglos XIX y XX donde el componente mente ganó protagonismo y logró desenredar —o enredar, según se vea— todo esto que nos hace identificarnos como seres, vivos e individuales.

——–El cuerpo complejo del humano no es nada sin un cerebro y sus conexiones. Es decir, si tu cerebro no tiene conexiones con tu mano izquierda, por ejemplo, tú no sentirías esa mano ni la podrías usar ni controlar, así que no la reconocerías como parte de tu ser, sino como algo ajeno, extraño. Y este ejemplo no es algo inverosímil: muchos casos hay de personas con algún problema neurológico que han llegado a mutilar partes de sus cuerpos porque no las controlaban, no las sentían o no las reconocían como parte de sí. El cerebro por sí mismo no es nada tampoco; necesita de todas y cada una de sus conexiones para funcionar y de todos los órganos y elementos que componen nuestros cuerpos para poder actuar como ente regulador del ser. Es claro que el cerebro también es cuerpo, es materia, y como tal tiene un lugar fundamental como la mayoría de nuestros órganos y partes (cada parte que nos complementa hace funcionar a ese «todo» que somos; la ausencia de cada parte cambiaría —aunque sea de una mínima manera— nuestra esencia). Entonces es evidente que el cuerpo y el ser no son nada que se pueda separar sino que es algo que debe estar unido y funcional para poder autorreconocerse. Sin el oxígeno en nuestros pulmones, sin la sangre en nuestro corazón y sin los nutrientes que nuestro sistema digestivo procesa, el cerebro no podría funcionar y ser lo que es, ni mucho menos, «nosotros».

——–Un cuerpo funcional sin cerebro no es nada más que un conjunto de elementos que siguen la entropía de la Física. Es un conjunto de incontables células que no razonan, no se autodeterminan y que ni instinto albergan; solo hacen pero no son. La última vez que le rogué al dios de los cielos del desierto fue para pedirle que dejara morir el cuerpo de mi abuela materna, pues sus pulmones y vías respiratorias fallaron, no le llegó oxígeno al cerebro y, por lo tanto, tuvo muerte cerebral. Yo sabía bien que ella ya no «habitaba» su cuerpo ni su cerebro, que ella ya no era, pues una vez el cerebro se apaga, ya no hay sentimientos ni emociones, ya no hay raciocinio, no hay sensaciones, no hay nada… queda solo un cuerpo compuesto por elementos que se están desconectando de ese motor apagado. Ese cuerpo «vivo» tendido en la cama de un hospital era solo un dolor presente al que los vivos nos aferrábamos ingenuamente pensando en que hay milagros y posibilidades de que el alma retorne a ese cuerpo. Muerte cerebral, muerte del ser, muerte del yo. Investigando los diagnósticos médicos generales sobre la muerte cerebral, aprendí que hay dos tipos de personas: las que aceptan la realidad tal como se nos presenta y las que buscan, a toda costa, así tengan que aferrarse a lo mágico, negar la misma realidad. Cuando un caso clínico bien diagnosticado de muerte cerebral se da, ya no hay vuelta atrás; los que han vuelto de ese estado, por lo general, se debió a un mal diagnóstico, uno errado, y allí es cuando pasa el «milagro»; cuando no entendemos qué carajos ocurrió y en vez de buscar un origen racional, lo atribuimos de inmediato a la magia de los dioses.

——–«Habitar» el cuerpo. ¿En verdad tú sientes que habitas tu cuerpo? Yo habito, por ejemplo, mi casa; me muevo por ella, puedo reconocer sus componentes e identificarlos como cosas totalmente separadas de mí… ¿puedes hacer tú lo mismo con tu cuerpo? Definitivamente yo no. ¡Yo soy mi cuerpo! Yo, al contrario de las tradiciones que he relatado anteriormente, no concibo manera alguna para dividir mi ser. Para empezar no creo —porque es una cuestión de creencias, mas no es algo objetivo, lógico ni absoluto— en la existencia del alma o el espíritu (ni en la versión grecorromana y mucho menos en la cristiana). ¿Por qué aceptamos y tomamos estas hipótesis si nunca ha habido prueba alguna de la veracidad de estas? Creemos en el alma porque nos lo han impuesto, política, social, cultural y religiosamente. Es un elemento de poder, pero ni el mismo Aristóteles, ni de Aquino, ni Freud, ni Foucault ni nadie puede afirmar categóricamente que existe tal cosa llamada «alma»; pueden creer, únicamente creer, que eso existe. Yo elijo no creer y más bien aferrarme a mi propia experiencia y a la evidencia empírica que la realidad me otorga.

——–Es por eso que busco romper con la tradición de una esencia dividida del ser y juntarlo todo de nuevo, conceptualmente, en un ente único e indivisible controlado por un órgano desarrollado que a través de sus conexiones con todo nuestro cuerpo nos permite ser lo que somos. Y lo que somos no es más sino la memoria, el recuerdo que cada uno tiene de lo que percibimos con nuestra vida. La memoria —en el cerebro— guarda todo aquello que somos y todo aquello que hacemos: es la guardiana de nuestras experiencias, tanto sentimentales y conceptuales como las sensoriales; es la depositaria, desde que nacemos, de cada una de las sensaciones que tenemos y las acciones que se relacionan a estas: la posición única y especial de nuestros pies al apoyarlos en el suelo al caminar, el ritmo al que tiene que latir nuestros corazones sin matarnos al sentir emoción, la forma en que los pulmones deben inflarse y desinflarse al correr o al buscar la calma o la forma que adopta nuestra boca al sonreír o al llorar; es esa que guarda cada uno de los movimientos que tomamos como «mecánicos» o «instintivos», sean «reflejos» o «automatizados»; es la que se encarga de hacer todas esas acciones inconscientes que en cada instante de nuestras vidas nos permite ser. Por lo tanto, sin un cuerpo y un cerebro conectados, sin la capacidad de sentir y sin la posibilidad de adquirir experiencias y preservarlas, no habría memoria.

——–Sin memoria no podríamos tampoco ser ni identificarnos con aquello que nos hace únicos e irrepetibles; pues si esta no existiera, no podríamos darnos cuenta del paso del tiempo y en cada instante seríamos seres que actúan por una inercia sin razonamiento alguno; no podríamos seguir nuestros procesos, nuestro movimiento, no podríamos pensar en lo que hicimos y menos podríamos visualizar lo que haremos: seríamos entes que solo interaccionan con un entorno desconocido a punta de prueba y error sin aprender nunca nada. Somos memoria, somos recuerdo. Yo solo soy lo que recuerdo de mí, de mis acciones en el pasado y de todas aquellas sensaciones que sentí y las cosas que aprendí.

——–Soy el cuerpo que cambia en cada instante, que se compone y descompone; soy el recuerdo de la gota de agua de lluvia cayendo en mi piel y soy el sensor que se activa y transmite la información a mi cerebro y soy el cerebro que siente y envía la sensación de nuevo por esos nervios, que soy, y me permiten percibir la sensación de humedad, de peso, de textura; y soy la partícula entrando en mi nariz y soy nuevamente los receptores olfativos que envían esa información al motor central que sigo siendo para después, yo mismo, sentir el olor a petricor del cemento mojado de la calle de enfrente de la casa de mi abuela mientras ella me abre la puerta, me abraza y me dice «¡mi tesoro!» y sigo siendo ahora ese recuerdo en mi cerebro que envía la información a mis ojos y soy la lágrima que se derrama por mi mejilla y choca contra el suelo… No, no hay algo dentro de esta piel que vaya a irse a un lugar imperecedero con toda mi esencia. Soy ese cerebro con cada mínima conexión que el día en que se apague para siempre dejará de ser y dejaré de ser; seguramente un velo oscuro cubrirá mis ojos para volverme uno con la nada y nunca más habrá razonamiento alguno que pueda identificarse con todo aquello que soy y he sido.

——–¿Quién soy? ¿Qué soy? Al estilo de los antiguos egipcios, solo hallo tres palabras para poder definir, resumidamente, quién soy yo: Ignacio Cantillo Saade. Estas palabras que quizás individualmente tienen diversos significados, pero que unidas solo tienen uno: yo. Es mi nombre el que sustantiva y reconoce mi experiencia como algo único percibido por un individuo que existió solo por un fragmento de tiempo y en un espacio y que nunca más se repetirá en el desenlace de la vida, del universo: aquí y ahora.

——–Por supuesto que no soy mi nombre, tampoco ustedes son los suyos; con ello quiero advertir que no hay palabra ni concepto que en verdad pueda definir la existencia de un ser, ni desde el otro ni desde uno mismo. Porque cada uno es tantas cosas que no alcanzarían todas las páginas de todos los libros impresos en el mundo para enunciarlas. Pero, en todo caso, por seguro que no soy un «alma». Soy un cuerpo físico que experimenta, siente, decide y actúa; que, como bien lo definieron los griegos, se mueve y respira, pero también hace un sinnúmero de cosas más, principalmente racionar, ya que es esto último lo que me permite pensar en «quién soy». Básicamente, cuerpo y mente son la misma substancia y es imposible identificar límites en esta, más allá de la piel.

——–En resumidas cuentas soy todo aquello que me permite sentir, percibir, entender e interaccionar con mi entorno, con aquello que definitivamente no soy. Somos un manojo de experiencias atadas a un cuerpo sensible y pensante que está en movimiento a través del espaciotiempo, y es a todo esto a lo que llamamos «vida», «ser» o «yo».

——–Así que no necesito de un «alma» para justificar mis acciones bajo creencias que me liberan de la responsabilidad, de esa que carga mi cuerpo, que cargo yo, por cada cosa que hago, digo, pienso o siento. Me hago cargo de todo aquello que significa ser. Y me conformo entendiendo que después de mi muerte existiré en los recuerdos de quienes me sobrevivan y que traerán al presente una y otra vez aquello que compartimos mientras yo estuve. Sin embargo, todos ellos también, tarde o temprano, desaparecerán a medida que vayan muriendo y sus recuerdos con ellos. Es, por lo tanto, de imperiosa necesidad experimentar tanto como sea posible, en esta oportunidad llamada «vida», en cada instante presente, mientras tengamos cuerpo y consciencia, pues es allí, y solo ahí, donde radica la verdadera divinidad de la existencia: es exclusivamente por un breve instante para dejar de existir el resto del tiempo…

——–Algún día, en cientos o mil años, quizás, ya no habrá nadie que me recuerde y será como si yo nunca hubiera existido. Y algún día a todos nos pasará lo mismo, y estas letras escritas, aquí y en todas las hojas del mundo, se desvanecerán y todo síntoma de nuestra existencia desaparecerá y ni la misma tierra ni el viento podrán decir que alguna vez hubo una especie capaz de cuestionarse su propio ser, su propia composición, su propia materia, su propia existencia… pues ya no habrá nada ni nadie para recordarnos y mantenernos vivos por los siglos de los siglos. Nada. Solo una profunda e inexpugnable oscuridad. Ese es el destino final de todo ser, de toda vida, de toda alma.