No, no es otro texto sobre la masturbación
María Pla & Andrés Franco

 

 

 

 

Prefacio

——–Este texto es producto de una bonita coincidencia de intereses, es un azar bien logrado. En una reunión del equipo de creación Andrés preguntó: «¿Puedo escribir un texto sobre masturbación?», y entre las voces de afirmación María dijo: «Y ¿si compartimos nuestras experiencias en la masturbación a ver qué texto sale?». Nosotros, los escritores de este texto, no nos conocíamos de antes, apenas solo sabíamos nuestros nombres, así que, de entrada, el proceso creativo fue un doble conocimiento: el de nosotros, como amigos, y el de nuestras propias experiencias a la luz del relato del otro. La primera charla, que dio inicio al proceso creativo, duró cuatro horas. Estructuramos la discusión a partir de tres momentos: el antes de la masturbación, el durante y el después. Fue una charla honesta, detallada y larga, muy larga. Después, ya al tener identificados puntos curiosos e interesantes para narrarlos en el texto, dimos muchas vueltas e intentamos varios formatos de escritura; pero, no, no funcionaba. Por eso llegamos a la conclusión de que la mejor solución a nuestra intención creativa era que cada uno escribiera un texto sobre su propia experiencia, con el estilo que cada uno quisiera tomar. No se trata de dos textos sin relación alguna; se trata de dos experiencias pensadas desde la narración y la reflexión que surgen de la comparación, la contraposición pero, sobre todo, es el resultado de muchas charlas entre dos escritores que se hicieron amigos a partir del tema menos común para iniciar una conversación.

Parte I

——–He llegado a la conclusión de que la masturbación, más allá de ser un acto banal, efímero y simplista, es el momento perfecto para sentirme miserable y sin ningún respeto por mí y por mi cuerpo. La experiencia detrás de aquel momento solo queda en la oscuridad y comodidad de mi cama; pero no me malentiendan, en sí, la masturbación, en la práctica, es una montaña rusa de sensaciones que no se puede ignorar con el pasar del tiempo y el transitar de la mente por escenarios ficticios que solo habitan en mi imaginación y en puntos exactos de mi cuerpo. Al comenzar, mi respiración se sobresalta, la sangre bombea y hace palpitar mi pecho a un ritmo perdido y sobrevalorado; las sensaciones comienzan a aflorar, el rozar el pantalón se siente bien; las respiraciones rápidas comienzan a instaurar un ritmo, el morder el labio inferior y el estirar los pies, todo entra a jugar con el placer bajo ese acto. ¡Qué ruin! Me hace sentir en una pequeña burbuja de sensaciones en donde morder, pellizcar, lamer, sentir, rozar, rozar, sentir, morder y apretar tienen un plus dentro de estas estimulaciones físicas. Un pasaporte directo al umbral de segundos que puede ser tan largo para traerme arrastrado a estas palabras, a estos espacios.

——–¿Entiendes lo que digo? Me voy cuando me vengo. En aquel momento de suspiro largo, en ese instante donde mi cuerpo se retuerce, en ese segundo donde soy más esclavo, donde soy más nada, llega el sentimiento de abandono. Sí, sí, no sé cómo explicarlo: cuando el cuerpo está a nada de sentirlo todo, cuando trato de acercarme más a mi cuerpo, de sentirlo bajo una narración propia, me pierdo. No hay nada después de eso, me pierdo en la explosión, me descuido en el silencio, me abandono en las respiraciones y en los temblores de las manos y es que no puedo sentir ese descanso póstumo, no puede caer en esa lírica silenciosa de un «¡qué rico, hijueputa!»; no, me quedo a las puertas de esas palabras y entro a jugar con una sensación de abandono. ¡Yo me abandono!, ¿sabes?; no, a la persona; no, al video; no, a la imagen… ¡Yo! Me dejo ahí tirado, con el cuerpo inmóvil; me abandono y solo admiro el vacío que puede haber en mí, en mi pecho, en el cansancio de los pies, en el dolor de los labios y te preguntarás: «¿Cómo así que se abandona cuando la masturbación es un tema individual, personal y de reconocimiento?». Yo diré que no tengo respuesta a eso, solo hablo desde esta experiencia y desde esta deconstrucción a la que entro con un acto tan simple como la masturbación.

——–Me envuelvo en sensaciones mortuorias cuando mi cuerpo me pide esa explosión, entro a descifrar si soy realmente un algo, un algo que siente por sí solo o solo es un esclavo de su cuerpo, sus necesidades, que pide a gritos que sea tocado, mordido, rozado, pellizcado, lamido, rozado, pellizcado y apretado. Un pedazo de carne que piensa y repiensa, que se tuerce y se retuerce en los lugares comunes y en aquellos relatos fantasiosos donde se puede crear algo con la inexistencia, donde puede existir un «sí» dentro de la negación y un grito que me puede devorar demasiado rápido o despacio.

——–Solo soy un papel arrugado que se raya con cada rozar, que se transgrede con cada sube y baja de la mano, que se arranca pedazos con el pellizcar y se desangra con el morder el labio inferior. Podemos decir que hay una historicidad dentro de estas palabras: «¡Fue el patriarcado!» que es tan invasivo, «¡Fue la religión!» que es tan corrosiva, pero te diré que no lo sé. No sé qué corre por los caminos viejos de mi mente, no sé qué siente mi cuerpo, me pierdo en su lectura, me pierdo en su respirar y en su frenesí por ser tocado, ¡no lo entiendo! Me siento en un rincón, a la orilla de mi vida, sentado ahí, observando cómo puedo ser consumido por la nada, cómo puedo ser devorado por el silencio, por la ausencia de mí, la ausencia de algo o de todo.

——–Dura trescientos segundos el desborde de mi cuerpo, trescientos segundos que entran como punzadas en los recuerdos y en las falsas promesas. ¿Recuerdas cuando te dices «no lo volveré hacer»?, ¿recuerdas cuando caes en la promesa olvidada? Yo siempre recuerdo, pero tarde. Recuerdo cuando limpio, recuerdo cuando me marcho, recuerdo cuando veo el techo con un roto en mi pecho… Yo siempre recuerdo, pero tarde.

——–Lamento si me he extendido en el tema, si he dado vueltas en cosas que no tienen sentido, es más, esto, en sí, es un sin sentido. La masturbación es un acto tan banal que invade normalmente la cotidianidad de la persona, cada quien maneja este acto de forma diferente y saca de este una sensación que se le atribuye a la experiencia y a su formación en las historias; pero, dime, ¿qué hago yo con esto? En pocas palabras, creo yo, solo soy un esclavo de mi cuerpo, de algo que aflora en momentos inesperados y pide a gritos que sea complacido inmediatamente, un algo que solo hace lo que su cuerpo le dicta y deja como resultado un vació que se vuelve un círculo vicioso que a su paso crea promesas muertas, sensaciones falsas, un cuerpo gastado y unas innegables ganas de que todo acabe en el venir.

——–A veces entro en el juego de la abstinencia, en diferentes dinámicas que me ayudan a tener un poco más de control sobre mi cuerpo, mi sexualidad y mis emociones, pero todo dura poco. Caigo y recaigo en vicios, me doblego ante mi cuerpo, ante estos deseos de tocar y ser tocado, me doblego ante un beso, una imagen, un roce y caigo tan fuertemente que me orilla, cada vez más, al abismo que hay en mí, a ese silencio y a ese reprender postmasturbación.

——–He llegado a la conclusión de que la masturbación, más allá de ser un acto banal, efímero y simplista, es un círculo vicioso que me acerca a un final que no existe, a un silencio tan largo que queda en el deseo, en una muerte tan deseada que queda para mañana.

Parte II

——–Para mí, la masturbación, ante todo, siempre ha sido y seguirá siendo una larga búsqueda de hallazgos increíbles y diversos. Para responder estas preguntas me es necesario regresar a mis primeras sensaciones y reflexionar qué me significaron y cómo las viví. Esto porque, así como cualquier proceso, es una búsqueda que inicia con pistas, sospechas, con la certeza de que uno está por encontrar algo y, sí, en esta búsqueda siempre se encuentra.

——–Entonces, a mí llegó primero la sensación que la palabra. De pequeña yo ya había experimentado una cierta pesadez y calidez. Sabía muy bien dónde se sentía, pero no qué la provocaba. Fue repentino y prolongado. Nunca intenté hablar de eso, solo lo recordaba como un momento único, dulce y fugaz. Era un secreto difuso que generó en mí muchas curiosidades. Fue la puerta a nuevas preguntas y, con ellas, a la sensación de vértigo por estar entrando a un mundo del que siempre me advirtieron que era nocivo. Aun así, las pequeñas sensaciones se me presentaron como susurros de mi cuerpo, pequeños parpadeos de quien parece despertar.

——–Tiempo después llegó a mí la palabra «masturbación». La escuché. Preguntando, entendí cómo era y cómo lo hacían los hombres, pero nada sobre mujeres o qué pasaba en nosotras. En ese momento empezó mi búsqueda activa. Y, como elemento central de esa búsqueda, empecé a palpar mi cuerpo, a conocerlo, a jugar… De hecho, dar ese primer paso a la identificación de las partes, a tocarlas, pellizcarlas o a veces untarlas para ver cómo cambiaba la sensación al tacto, implica un abrazarse. Jugar con una misma, bajar la mirada, reconocer es incluso pensarse en el mundo como un ser material que siente, grita, gime…

——–Pero no es fácil ese abrazo o construir confianza. Recuerdo que muchas veces después de masturbarme sentía miedo y culpa: por el pecado, por lo intocable, por lo que debía ignorar y no mirar, porque todo eso era terrible y estaba mal; sí, así, con toda la falta de sentido posible. Con el tiempo, ese miedo dio lugar a la rabia. Fue así, con ira, que comencé a cuestionar y rebatir los sentimientos de culpa. Me preguntaba: «¿Por qué me tengo que sentir mal al sentir placer?, ¿por qué mis manos no tienen libertad sobre mi cuerpo?, ¿por qué me restrinjo, a mí misma, mi cuerpo?, ¿por qué está mal el ruido que produce el placer?, ¿por qué mi corporalidad se ve desacralizada si la ligo a la sexualidad?, ¿por qué tanto miedo y escondite?». Creo que la rabia y el cuestionarme me hicieron valiente. Al responder las preguntas, me abracé.

——–Poco a poco, a través del placer, entendí que mi sexualidad es una faceta más de las muchas maneras en que soy humana y mujer. Aceptarla y experimentar con ella no me hace menos o mala persona, se trata de algo muy natural que adopta tintes místicos al hacerme sentir sabia, fuerte, grande… Por el placer entendí que al masturbarme lo primordial no es juzgar y verme desde lejos; lo primordial es entenderme, escucharme, sentirme, jugar con el cuerpo y las sensaciones, dejarme sorprender por lo que mi cuerpo grita, cuenta o susurra.

——–La masturbación, entonces, me es una postura política de puro goce. Soy libre cuando entiendo mi cuerpo como un gran mapa donde ubico sensaciones. Juego al combinarlas, al estimularme, al hacerme lo que me quiero hacer según lo imagine. Y el cuerpo habla cuando me sorprende con el grito inesperado o la calidez repentina. El cuerpo, más allá de él, es tan grande que me recuerda una y otra vez que siempre puedo sentir más, que siempre se encuentra algo más.