La condición corporal humana
Leonardo Rico Charry

 

 

 

«No hay nada más profundo que la piel».
Paul Válery

——–Hoy, que pienso acerca del cuerpo y la corporalidad, me encuentro profundamente dividido entre las dos esferas más antiguas de la consciencia: la razón y la pasión. Miro hacia abajo y ahí está: un cuerpo, mi cuerpo (acá el lenguaje cotidiano nos juega una mala pasada dualista), yo. Me desvisto para llegar más a fondo y lo único que veo es una forma familiar cubierta de piel. Hasta aquí llega el acuerdo: la pasión, ávida lectora de poesía, me dice que esta piel es una gran muralla metafísica, impenetrable, que alberga todos los sueños del mundo, todas las tristezas, todos los anhelos, todos los posibles atardeceres (rojos, azules, amarillos y naranjas; pero también verdes, lilas, negros y rosados) y, además, el fulgor siempre vivo de los fantasmas de nuestros ancestros, que escriben en nuestros diarios y hablan en nuestras voces. Dice, también, que la tierra gira en el interior de cada uno, que somos mundi-yos en extremo lejanos, incomunicados, inalcanzables e ininterpelables. La razón escucha todo esto con desdén y, por su parte, dice que la pasión es una ingenua, que sigue creyendo, como la mayoría, en el viejo mito de la interioridad, esa gran malinterpretación o literariedad enfermiza, que hace que un poeta diga «siento adentro» para que empecemos a buscar el sentimiento por debajo de la piel.

——–Parecen, en principio, dos posturas completamente opuestas, pero son, en realidad, dos caras de la misma moneda, porque la razón no es más que una pasión medida, asentada y recortada para encajar en cualquier sistema de verdad que nos parezca más sublime. La diferencia entre la una y la otra es una diferencia de grado, de cuán suspendido se deja el impulso hasta que, de tanto mirarlo y mutilarlo, se vuelva algo lógico, necesario, verdadero, racional; pero, a fin de cuentas, sigue siendo un impulso instintivo. La razón y la pasión parten del mismo impulso, habitan la misma casa, responden a la misma pregunta y comparten el mismo luto. Me refiero a lo mismo que ya había dicho Spinoza en su conatus, a saber, que todo lo que existe tiene en su esencia un esfuerzo por perseverar en su ser lo que, en nuestro caso, se trata de un deseo —pulsión de vida, si se le quiere llevar la contraria al psicoanálisis—. Sí, debe ser eso lo que me punza en el pecho cada vez que le veo las arrugas prominentes a mis abuelos, las hojas secas de los árboles y las palomas putrefactas atropelladas en la calle. La tierra se lo traga todo y el tiempo lo empuja hacia abajo. Todo cae y decae ante mí. Siempre ha sido así desde que tengo memoria y todos los que conozco comparten la misma experiencia; negarlo sería negar el testimonio mudo de todos los cementerios.

——–Y ahí está. Es eso. Es lo evidente, lo que aparece ante mí vista sin duda y sin remedio; esa es la violencia bruta que choca contra mi deseo más esencial de perdurar: tener que enfrentarme doblemente con el lecho (hecho) de la muerte, la fatalidad más fatal, la probabilidad más probable, la espera más inesperada y la inmanencia más inminente del ser humano. La pasión la niega, la razón la acepta. Pero ambas son respuestas fundamentalmente escindidas, caminos esencialmente incompletos. La pasión teje sus certezas con la dureza inquebrantable y catártica de lo bello, pero debe enfrentarse, aunque lo reniegue a llanto tendido, que cada vez que me corte no haya absolutamente nada por debajo de mi piel de papel —si acaso venas y arterias, y nervios bañados en rojo y fibras de carne trenzada, pero nada más—; debe moverse siempre en el ámbito intuitivo y, aunque tenga de su lado la verdad del arte, estará siempre desprovista de cualquier intento de tener como base una comprobación empírica. La razón, por su parte, siempre va a tener ese sustento comprobatorio de su lado y puede estructurarlo para hacer certezas protegidas por una lógica rígida e irrefutable; debe moverse, precisamente, en el ámbito empírico y demostrativo, aceptando el cuerpo tal y como se nos presenta, entendiéndonos como algo meramente material y, por lo tanto, aceptando la muerte como cosa necesaria.

——–Esto, sin embargo, implica estar en un constante estado de desasosiego, sin un ápice de tranquilidad, pues estará luchando siempre en contra del principio básico de querer perdurar. La razón, por sí sola, se encuentra en una herida constante, sin el más mínimo analgésico que puedan brindar las obras de la pasión. Es insoportable. Incluso las posturas más realistas y fatales encuentran algo de tranquilidad en la idea de desvanecerse en el todo, de perdurar, a su manera, como partículas inconscientes regadas por todo el mundo. Son posturas que se alimentan de migajas pasionales. No pueden soportar un racionar absoluto, entonces se adornan con dos o tres plumas de colores para apelar a ese instinto humano de vitalidad. Ante esto, alguien podría señalar, muy ciertamente, que existen obras de arte lo más de sublimes sobre la ineludibilidad de la muerte, así como argumentos y tratados filosóficos, geométricamente perfectos, a favor del alma y su inmortalidad. Pero esto, como lo dicho antes, no es más que la razón y la pasión utilizando torpemente el arsenal contrario para intentar camuflar el peso de sus ausencias.

——–Ser un cuerpo es eso: un conflicto constante. Porque al fin de cuentas yo soy eso y solamente soy eso: un cuerpo, un cuerpo pensante y sintiente… pero un cuerpo a fin de cuentas. Y los cuerpos, como todo lo demás, cambian, decaen y se mueren… ¡y yo no quiero morirme! ¡Quiero perdurar! Hacerle caso a la pasión porque se siente más cercana y más real en un principio pero, al mismo tiempo, no puedo ignorar los reproches racionales, que hacen autopsias y no encuentran un alma que medir o que pesar.

——–Creer en la razón es una resignación irrefutable. Creer en la pasión es inventarse un mundo externo al que hacerle caso omiso y un mundo interno metafórico que sirva de resguardo para una esencia que asegure la eternidad. Y es eso, ¡ahí está!, el intemperante conflicto. Esa, nuestra condición (lo que Unamuno llama «el sentimiento trágico de la vida»), es el gran motivo detrás de toda nuestra penuria: la ilusión, demasiado humana, de que existe una esencia inmóvil que nos hace perdurar (llámese alma, esencia, espíritu, etc.), enfrentada con el hecho de que no hay nada imperecedero. Nada, ni lo más intangible, se resiste a las permutaciones temporales de los cuerpos: la tristeza se seca con la última lágrima pegada a la mejilla, el amor se desvanece en la última caricia compartida, el pensamiento se agota en la última arruga de materia que se anuda grisácea entre las sienes y la vida se acaba en la última bocanada de aire que entra, lo recorre todo, y nunca más vuelve a salir. No hay nada en mí por fuera de mi cuerpo y aceptarlo o negarlo, de todos modos, implica sufrimiento.

——–No hay nada en nuestras vidas que exista por fuera de los confines sígnicos y sensoriales externos que no dependen de nosotros; esa antesala oscura, privada, que pesa en algún lugar craneal y que parece solo nuestra, termina refundida en la otredad de su estructura, de palabras ajenas y sentimientos prestados. La piel es una fachada endeble, la ilusión de un borde individuante que hace que nos miremos al espejo como si no fuéramos hechos, en esencia, de exactamente la misma materia efímera que nos rodea; como si no fuéramos solo una mínima variación entre el cielo y la tierra. La muerte es humana, la eternidad es una fábula metafísica para enfrentarla: una ficción desesperada que nos hace seguir buscando otra vida por encima del cielo y por debajo de la piel.