Desde dentro
Ana Cristina Sánchez*

——–La luz del sol incipiente es mi alarma, otra noche más sin descansar y ya hay que ir a trabajar. Martín duerme como el angelito que no sé si es. En la oscuridad su ternura se transforma en una masa dura, fría y rocosa que machaca mis músculos y mi cuerpo no da para más. Tengo que explicarle al niño que ya está muy grande para dormir con nosotros. Hay que hacerle entender pero esa lealtad entre él y Henrique no da tregua.

——–En algún momento creí que el asunto era normal, que con la madurez el lazo se iría debilitando, ¡qué ingenua fui! Razón tenían quienes me decían que no podía seguir así, que debía hablar antes de que explotara, que no tenía por qué quedarme callada. Ahora solo soy esta masa silenciosa a la que Martín y Henrique han dejado de lado.

——–El niño lo embelesó por completo. Desde el primer día la mirada loca que antes me prodigaba quedó clavada en ese pequeño sedoso y aullante. En un momento pensé que la lejanía se debía a mí, al estómago desinflado que intentaba recuperar su rigidez perdida después del parto, mientras continuaba anhelando devorar con sus ácidos a ese maná llamado Henrique.

——–Si hablo no me escuchan, solo sirvo de reposadero para sus placeres cotidianos: la leche tibia, la comida servida y el orden dentro del caos que habita en nuestro piso. Hace rato que me fui de sus vidas, aunque el cuerpo se quede. Ahora solo soy el juguete de ambos.

——–En el trabajo la cosa no marcha muy diferente. Llevo y traigo café o tomo y llevo las tazas, las carpetas, los papeles, las-llaves-del-carro-que-se-me-quedaron-pegadas-llama-al-cerrajero-cancela-mi-cita-hoy-estamos-de-aniversario-mándale-rosas-a-mi-esposa. Todos esos comandos taladran mi cabeza una y otra vez.

——–Por dentro me quemo pero mi rostro es afable y complaciente, solo mi ojo salta de ira en los momentos en que me desbordo. Siento que palpita como debería palpitar mi corazón cuando Henrique me toca. ¿Henrique me toca? La verdad, ya hace mucho que no lo hace. Es imposible que alguna mano se escabulla entre las sábanas y llegue a mi caudal sin que el dique «Martín» se atraviese y la coarte.

——–Quizás sea cierto que la falta de atención me tenga irritada; hace mucho que no voltea a mirarme. Mi cuerpo cada vez más lento, más desgastado, pero a su vez tan ágil y complaciente con todos; una contradicción que me está asfixiando. No sé si sea capaz de sentir como antes, ahora solo siento estos tacones del carajo que me muelen los dedos, los talones y las piernas. Las piernas, esas gruesas y lindas piernas de los años de juventud están tatuadas por el tiempo. Si mi ojo palpita también lo hacen mis varices, pero si la gente no nota la pupila brincona; mucho menos, estas venas varicosas que hierven al furor de mi sangre.

——–Entro al baño como quien ve en esa puerta la salida de emergencia. Entro después de asegurarme de que ni Elizabeth ni María estén en él. Hoy no tengo humor para escucharlas hablar de sus aventuras, mientras se embadurnan de carmesí sus seductores labios. Hoy no tengo ganas ni de mirarme a mí misma en ese espejo, en ese cristal que escupe realidades a la cara, pero parece que soy necia y cruel.

——–Arranco los tacones a zarpazos, primero el izquierdo y después el derecho; apisono el suelo como si en mis piernas cargara el peso del mundo y quisiera deshacerme de él. Muevo el cuello y los brazos para destensarlos y lanzar al aire la carga de mi espalda. Me miro fijamente a la cara, sí, contemplo ese rostro que pensé no ver en este día pero que está y es tan mío. Las ojeras, los ojos desvaídos y el izquierdo brincón que sigue allí, recordándome la rabia que nadie más ve.

——–Son las 6:00 p. m. y hace más de una hora que debía haber salido de la oficina. Acá no pagan bonos extras y no soporto la espalda, las piernas, el latir del ojo y toda esta figura amable con el mundo. Respiro, reconozco que el cansancio no es por mi cuerpo mallugado, sino por la soledad y el hastío que emanan de mis membranas.

——–Salgo tarde, tarde otra vez para caminar por la avenida desolada a esta hora de la noche. Las adoloridas piernas se mueven rápido, no puedo aprovechar este momento de intimidad, de aire fresco, porque en esta oscuridad todo suspiro se torna brumoso. En otros tiempos Henrique estaría afuera del edificio esperándome, ya no lo hace, ya no le importa, ya no le importo. Cruzo a la derecha y esos hombres me miran, pienso que no debí pasar por allí. Ellos chiflan y clavan su intenciones lascivas contra mi identidad, ¿acaso debería sentirme seductora por levantar la atención de esos puercos? Los sentimientos de culpa me acechan, los nervios controlan mis movimientos, tengo ganas de llorar pero ya no soy una niña y se supone que ahora sí sé defenderme.

——–Cambio de acera, camino rápido, me agito y recupero el alma al ver a la vendedora de la esquina. Creo que ya han dejado de seguirme. Apuro el paso y entro a las residencias, han sido solo cinco cuadras y todo se convierte en una carrera por la vida.

——–Aun en el edificio tengo la sensación de que me espían, de que alguno ha logrado entrar sin que lo notara el portero. Prefiero llamar con rapidez al ascensor, presiono con fuerza como si ese botón fuera a salvarme. Una vez dentro, busco las llaves y miro nuevamente esa cara ajena ahora pintada con un tono patético, impoluto color del miedo, ¿a quién se le ocurrió forrar de espejos estas máquinas? Las puertecillas se abren y veo la entrada del apartamento, tengo un alivio ingenuo por haber llegado a casa.

——–Cruzo la puerta y la oscuridad de fuera lo ha invadido todo, tiemblo y siento el ataque. Se lanzan contra mi dorso, me toman por la espalda y no puedo moverme. Las manos hurgan mis senos buscando debajo de los hombros, clavan sus dedos en mi estómago, en mi cuello, juegan conmigo como si fuese su malquerida. Muevo mis piernas en un intento por zafarme y no lo logro. Pataleo con mi derecha desgarrando el aire y deseando que sea el pedal de una moto que me ayude a huir. Este es el momento de elevarme, de arrancarme esta piel, de concretar el escape que siempre hacía de niña cuando soñaba que volaba. Que volaba como Supermán, tomando la postura de cuerpo inclinado hacia el frente con los brazos extendidos al cielo y pedaleando duro, muy duro con la derecha para lograr alzarme. Trato de hacerlo y no puedo. Me sujetan con fuerza, me cortan el aliento; vuelta abajo, caigo en el suelo de un asalto.

——–Henrique para, enciende la luz y también el pequeño deja de hacerme cosquillas. Les sonrío intentando recuperar el aire y la vida. Disimulo mi terror acurrucando a Martín entre mi pecho, como me hubiese gustado lo hiciese mi madre en aquel momento en que dejé de ser niña. Me levanto e intento ser esta mujer normal, intacta y superpoderosa; intento negar ser esta pequeña quebrada que soy desde hace años. Respiro y lo abrazo diciéndole que todo está bien, que me ha sorprendido y él choca la palma con su padre cerrando así un triunfo compartido solamente entre ellos.


*(Portuguesa, Venezuela)
Licenciada en Letras,
mención Lengua y Literatura Hispanoamericana y Venezolana,
Universidad de los Andes (ULA).

Actualmente trabaja como copywriting y storytelling
en Viraloa Group S.L. (España)

Se mantiene asida a la literatura a través
de la lectura y la escritura creativa.

Facebook: Ana Cristina Sánchez
Instagram: @bagatela993

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