El cuerpo como otredad:
Un ensayo sobre La cosa, de John Carpenter
Carlos Manuel Cruz Meza*



——–La decadencia del cine porno en la década de 1970 dio fuerza al terror ochentero, consolidando subgéneros como el gore, el slasher o el splatter. En 1982, el director John Carpenter dio a conocer la que quizá sea su obra magna: La cosa (The Thing), cinta de horror físico que narra el duelo entre un grupo de científicos aislados en una base de la Antártida y un organismo extraterrestre amorfo, capaz de asimilar las formas biológicas y replicarlas hasta en un nivel celular. Se estrenó poco después de que otro alienígena célebre conquistara los cursis corazones de los cinéfilos: E. T. El extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, Steven Spielberg, 1982). Tal vez por sus visiones antagónicas sobre el encuentro con otras formas de vida, la visión edulcorada de Spielberg triunfó a nivel mundial y la sangrienta fábula de Carpenter fue un fracaso de taquilla; aunque los años la convertirían en una secreta obra de culto, —injustamente— eclipsada por Halloween, otra cinta de Carpenter, rodada en 1978.

——–Basada en el cuento corto ¿Quién está ahí? de John W. Campbell Jr., la primera versión cinematográfica (The Thing from Another World, Christian Nyby y Howard Hawks, 1951) presentaba a una criatura semejante al monstruo de Frankenstein en versión calva y cabezona. Era poco más que una zanahoria espacial ambulante que se alimentaba de sangre y poseía la capacidad de replicarse a gran velocidad. En la versión de 1982 se modificó la premisa sobre el engendro, permitiendo que la naturaleza del monstruo y la psique de los personajes fuera explorada con profundidad.

——–En La cosa existen abundantes referencias de corte freudiano, como la constante alusión al desconocimiento del Otro y aun del Yo. La otredad es el principal punto de interés en el planteamiento de esta cinta. Si el engendro metamorfo aterroriza se debe, más que nada, a que no se sabe cómo es; de allí el tratamiento de «cosa». En este sentido, se trata de uno de los monstruos más inquietantes del cine ya que, a diferencia de Alien: el Octavo Pasajero (Alien, Ridley Scott, 1978), su forma nunca es la misma; su cuerpo está en constante cambio y nunca le pertenece realmente, pues se basa en imitar la apariencia de otros. Nunca averiguaremos cuál fue su aspecto original, si es que alguna vez existió y no fue solo un montón de células invasoras surgidas de un caldo primigenio. Parafraseando a Jorge Luis Borges: no sabemos cómo es su rostro ante los ojos de Dios.

——–La trama transcurre en una base científica enclavada en medio de la nada, un microcosmos congelado donde es posible mantener aislada a la bestia que llega allí de una manera insospechada. La capacidad de la Cosa para imitar formas de vida y aparentar ser ellas tras haberlas absorbido conlleva una interrogante filosófica. Si la Cosa posee el cuerpo, pensamientos y recuerdos de sus víctimas, ¿se ha transformado en ellas?, ¿qué la hace diferente del ser original? Esta duda queda respondida cuando se constata que el monstruo sigue agazapado en el interior de una imitación perfecta y continúa siendo un devorador, que responde a su naturaleza buscando replicarse una y otra vez hasta eliminar toda forma de vida que no sea la suya.

——–La Cosa es, al mismo tiempo, individuo y colectividad. Cada una de sus células es un ser independiente, capaz de colonizar a otros organismos e irse apoderando poco a poco de ellos. Simultáneamente, cada nuevo ser posee una especie de consciencia predadora que lo impela a asimilar y sustituir a todo animal que lo rodee. Matarlos no es difícil: el fuego los destruye sin problemas y los lanzallamas se convierten en el símbolo de la seguridad para los integrantes de la base. El problema de eliminar al engendro se vuelve secundario frente a la urgencia de detectarlo. Los involucrados ni siquiera tienen la certeza de saber si ellos mismos son humanos o no, dadas las características fisiológicas del intruso. Dudan de su cuerpo, de su mente y de su estado de consciencia. Se preguntan: «¿Sabría yo si el monstruo me hubiese asimilado?, ¿qué pasaría si todos fuesen monstruos, menos yo?, ¿qué ocurriría si todos fuésemos monstruos, pero no lo supiéramos?».

——–Ante estas dudas, la explosión paranoide afecta a todos. Desconfían de los demás y, peor aún, desconfían de sí mismos. Paranoia y otredad: una receta para la xenofobia. La noción de identidad se hace añicos. ¿Quién es más peligroso ante esta situación de emergencia: el extraño alienígena o los compañeros con delirio de persecución? La Cosa divide y vence. Su mayor poder no estriba en aterrorizar solamente con su aspecto al transformarse, de por sí repulsivo, sino con su capacidad polimorfa. Consigue minar los cimientos de las relaciones humanas y aun la visión del propio Yo. Es el monstruo definitivo y perfecto porque es nosotros y al mismo tiempo no lo es, no lo son, no lo somos.

——–Puede ser todos o ninguno de los integrantes de la expedición que lo han despertado de su sueño de siglos; porque a final de cuentas la Cosa es uno de los Antiguos que mencionaba H. P. Lovecraft, una deidad lóbrega emparentada con Cthulhu, cuya voz profunda y cavernosa percibimos en el inhumano lamento de Bennings al ser sorprendido mientras se transforma en medio de la nieve, antes de perecer incinerado.

——–Para los expedicionarios se trata de un enemigo a vencer. Pero la Cosa es, como Alien, un monstruo eminentemente darwiniano. Su principal interés no es matar, sino sobrevivir. Para Alien se trata de un ciclo perpetuo de matar, comer y reproducirse, utilizando el estómago de sus víctimas para incubar a sus monstruosos parásitos, en una espantosa parodia del embarazo que concluye en un parto asesino, cuando el nuevo ente rompe el tórax del anfitrión. Para la Cosa, es la reproducción per se. En este Ello no existe maldad, no es un monstruo debido a la transgresión moral, como podría serlo el demonio que posee a Regan en El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973); es un ente biológico que busca perpetuar su material genético imitando el de otras especies; una clase de virus gigantesco que actúa por pulsiones primitivas, básicas, ajenas al deseo de dañar, alejadas de toda consideración ética. Como los microorganismos, su búsqueda de perpetuidad y su constante mutación podrían desencadenar una pandemia que destruiría no solo a la especie humana sino a todo el reino animal, como lo demuestra la asimilación de los perros del campamento. Si el demonio Pazuzu se apodera de las almas para atormentarlas, la Cosa se apodera de los cuerpos para maltratarlos y recomponerlos, para recomponerse en ellos.

——–Camaleónica, la Cosa utiliza además un recurso que muestra lo avanzado de su nivel en la escala evolutiva: la reproducción asexual. Sin necesidad de coito alguno, se limita a asimilar a sus presas para convertirse en ellas y cada vez que lo hace, sufre una mutación debido a la imitación celular de su huésped; pero sigue conservando el impulso de reproducirse y la capacidad inmanente de invadir nuevos organismos. Entre los métodos que utiliza atestiguamos agresivas penetraciones, sobre todo con los rojos tentáculos que recuerdan una suerte de monstruosos penes y que se emparentan con la cabeza fálica de Alien, cuya mandíbula interior penetra a golpes como un ariete dentado, rompiendo los huesos; en ambos casos se trata de una penetración simbólica, que busca destruir las partes blandas (sobre todo el estómago) o aprovechar cavidades como la boca. La Cosa y Alien son violadores de diferentes clases, cuya finalidad no es la satisfacción de un tenebroso deseo sexual sino la conservación de su especie: pretenden vivir y preservarse a través de la muerte de sus víctimas.

——–En una escena memorable, la Cosa baña a un perro con abundantes chorros de un líquido que remite a la orina o al semen; más adelante, nos damos cuenta de que este líquido es también parte del monstruo y sirve como vehículo para invadir la anatomía ajena. A semejanza del esperma, contiene suficiente carga genética para apoderarse de un cuerpo, colonizarlo y transmitir su ADN. La Cosa es el futuro de las especies, quizás uno de los especímenes mejor adaptados en el proceso evolutivo: se convierte en nosotros y no sabemos si agazapado entre nuestros genes se esconde otra entidad.

——–Carpenter enfatiza la faceta violatoria de la Cosa haciendo que en la película no aparezcan mujeres. Son los hombres quienes sufren esta penetración ritual y simbólica, son ellos quienes sufren el horror de ser literalmente poseídos por un monstruo que se reproduce a sí mismo a su imagen y semejanza; los asimilados son los grotescos hijos de la Cosa y el imitado. Es un dios salvaje que a través de sus criaturas logra eternizarse.

——–Así, este extraterrestre cosificado tiene un doble valor semiótico:

——–Por un lado, es la representación de la naturaleza desatada, que se avasalla a sí misma y a sus diferentes creaciones para vivir a través de la muerte, sin prejuicios o consideraciones; una alegoría de la lucha entre un microorganismo virulento y epidémico (la Cosa) y el sistema inmunológico que lo combate (los humanos), ganando o perdiendo la batalla según las características del invasor.

——–Por otro, simboliza la violencia ciega y brutal que se ejerce contra todas las otredades. Su duelo a muerte es la representación del colonialismo, la discriminación, la misantropía, el utilitarismo y su justificación mediante las motivaciones más básicas y egoístas que empujan al alienígena a arrasar con todos.

——–El desencuentro entre los humanos y la Cosa es el choque sublimado entre diferentes especies, razas, culturas, sexos, credos, orígenes y visiones del mundo. Es una dialéctica negada donde no hay buenos ni malos, ya que ambos representan el impulso de vida, la pulsión de muerte y el instinto de sobrevivencia. Y, como en todo conflicto, el cuerpo propio y ajeno es el campo de batalla: los cuerpos destrozados, sangrantes, mancillados, descuartizados, penetrados, violados, quemados, mutilados, eviscerados, reconstruidos a imagen y semejanza de lo que eran, pero con la nueva consciencia, híbrida entre la mente del anfitrión y el instinto salvaje impuesto por el poseedor. Envases huecos que sirven para disfrazar o enmascarar una intención ignota.

——–El director juega con diferentes temores presentes en el ser humano: el miedo a la soledad en el aislamiento al que están sometidos los integrantes de la expedición; a los extranjeros en la presencia de un extraterrestre y en los comentarios xenófobos sobre el campamento noruego; el miedo al propio Yo en la clonación realizada por la Cosa; el miedo al sexo en la ausencia de mujeres en la película y en la presencia de un monstruo lleno de protuberancias y agujeros dentados; el miedo a la sangre en el aspecto glutinoso del engendro; el miedo a la contaminación física y a las enfermedades venéreas, transmitidas por fluidos viscosos como los que recubren al xenomorfo; el miedo a la oscuridad, pues la mayoría de los ataques ocurren de noche; y los miedos ancestrales, primitivos, a diferentes especies animales, sobre todo de arácnidos y cánidos, reflejados en los componentes que la Cosa va asimilando y en las formas que va asumiendo.

——–Una de sus mayores virtudes es que el monstruo siempre está a cuadro; los efectos especiales aún son impresionantes, gracias a que fueron realizados con animatrónicos y prótesis, lo que permite apreciar la textura de la realidad a lo largo de la película: la Cosa estaba físicamente allí, no era solo una imagen generada por computadora. Destaca el desenlace, que no obedece al típico happy ending hollywoodense. En un final extendido, la cinta termina como empezó: con un perro corriendo a través de la nieve. Una secuencia que se ha convertido ya en un referente obligado del cine de terror.

——–Casi treinta años después se rodó La cosa del otro mundo (The Thing, Matthijs van Heijningen Jr., 2011), una precuela donde se narra lo acontecido en el campamento noruego al cual finalmente llega el equipo de exploración que nos mostró Carpenter. Contra lo que podría esperarse, esta nueva visión sobre la Cosa no desmerece, aunque termina desentrañando demasiados misterios que se plantearon en la original. Quizás el mayor mérito de estas cintas es que, al concluir, uno suele recordar las palabras contenidas en los Cantos de los Oasis del Hoggar, el antiguo poema tuareg: «De noche, ¿quién es Dios?».


 

*(Xalapa, Ver., México)
Escritor y criminólogo.
Estudios de Lengua y Literatura Hispánicas,
Universidad Veracruzana.
Tiene quince libros publicados en papel.
Ha obtenido premios nacionales e internacionales.
Colaborador en revistas como Playboy,
Tierra Adentro, Bostezo, Mórbido y Archipiélago.
Autor del blog Escrito con Sangre y del libro
Monstruos entre nosotros. Historia y tipología de los asesinos.

Facebook: https://www.facebook.com/cmcruzmeza

Instagram: @cmcruzmeza

carlosmanuelcruzmeza@gmail.com

Deja un comentario