Puntos muertos
Wálter Andrés Franco

 

 

——–En casi todo lugar donde está el sagrado corazón hay una cúpula pequeña, algo como una burbuja, que se aleja del tiempo y del espacio y nos presenta una suerte de idea de seguridad que se distancia, creo yo, de aquellas cosmovisiones sociales y se incrusta con violencia en la mirada retorcida del vecino, del transeúnte, del vagabundo validando así su mortuoria vigilancia y su nula omnipresencia. Sí, estamos hablando de los CAI (Comandos de Atención Inmediata) que encontramos distribuidos, según ellos, estratégicamente para crear una cercanía con el ciudadano y así salvaguardarlo del peligro. Pero, ¿qué supone uno cuando ellos son el peligro?, ¿qué pensamos nosotros cuando el CAI se vuelve la nueva casita del terror que hay en cada localidad? En este comentario me centraré en aquella idea desdibujada del CAI como lugar seguro y cómo, en sus cuatro paredes y su pintura gris, vende una idea retorcida de seguridad, comodidad y humanidad.

——–El CAI como lugar seguro, un lugar donde hay, según dicen, héroes sin capa que no caminan, levitan; que van, como Simón Bolívar, en un caballo blanco a combatir aquella violencia que hay en los lugares más centrales de la ciudad o en aquellas periferias imaginarias que solo existen en la memoria de unos cuantos. La policía va por la tierra sin tocarla, viendo su entorno no por las cámaras de seguridad, sino por las pantallas de sus celulares; estáticos, recargables e inmersos en una ilusión que se disfraza de utilidad y de seguridad, que se refleja no solo en el ego que llevan como insignia, sino, también, en aquella cúpula de silencio, en aquel escenario de conversiones y espacio de tortura —¡cuán cambiante es la seguridad cuando la resignifica un bolillo!—.

——–«¡Dios y patria!». Se alzan las voces de un castillo que parece un calabozo para reformar o un cambuche para repartir el botín de un día productivo. El CAI puede hacerse pasar por todo lugar macabro: un reformatorio que se desliza, en nombre de Dios, para cambiar lo torcido, golpear hasta enderezar y violar para combatir; un caldero que existe para quemar a las brujas revoltosas o a sus malévolos esclavos; una suerte de ambiente que da lugar a las más aberrantes historias de tortura, que se pierden en los espacios blancos de la narrativa ardida de un malandro. Solo hay que preguntarles a las tres mujeres que fueron violadas en el CAI de San Diego, ubicado en la carrera Séptima con calle 26 , el 10 de septiembre de 2020. Según el periódico El Heraldo, las mujeres iban caminando y fueron interceptadas por dos policías motorizados, les exigieron una requisa por un supuesto porte de marihuana dado que una de ellas estaba fumando un cigarrillo en ese momento, pero el suceso no terminó ahí. Luego de eso, según el mismo periódico, se las llevaron al CAI de San Diego en donde comenzaron a agredirlas. En este punto se pregunta uno como ciudadano: ¿qué hacer cuando las casitas del terror se visten de autoridad?, ¿qué hacer con los fantasmas que se visten de verde y poseen un bolillo?, ¿cómo defenderse del que, se supone, lo defiende a uno? El CAI cabe perfectamente en una narrativa terrorífica de un hogar que, en las noches, se vuelve el retorcido cuento de un asesino en serie que no guarda ni pudor ni cuidado ni respeto. El CAI se vende como muchas cosas: un dulce hogar que se viste de temáticas mensuales con su mensaje de paz y amor, repartiendo mercados a las personas más necesitadas o regalando juguetes a infantes en diciembre; se vende como un símbolo de seguridad y comodidad teniendo como plato principal lo intocables que pueden ser sus súbditos y lo despiadados que pueden ser dentro de un recinto, dentro de un lugar en el que convergen las leyes y la violencia. Una noción abstracta de esta realidad que solo es un juego macabro para unos cuantos agentes que no solo se limpian la sangre con el cuerpo, sino que culpan al muerto.

——–La frase «pa’l CAI» suena como «pa’l matadero» y la santa cruz que hay en la pared se ve como el inicio de él. Sus paredes blancas manchadas de gritos son el epitafio imaginario que hay en la tumba silenciosa de las muchas personas que sufrieron un maltrato o una violación dentro de esta ruina que resguarda a los ciudadanos de un mal menor. Sus barrotes no se escapan, sus pisos no son nada más que la cama noble que se utiliza para poner el límite entre la muchedumbre y la divinidad que ellos dicen ser; sus baños son aquellos pozos en los que arrojan a los no dignos, los tiran como papeles arrugados al piso mientras borran sus límites a la hora de una requisa, a la hora de entrar a tocarlos como una maldita canción.

——–Nos reposamos en la desconfianza; nos escondemos de los verdes, caminamos en contravía de sus motos, sacamos el celular cuando un intocable está acechando. ¡Estamos alerta! No hay espera cuando ellos levitan, no hay espacio de comodidad en sus cuatro paredes, no debe haber silencio en sus nombres, no debe existir cenizas en sus manos, ni ropa de desaparecidos debajo de sus escritorios. No debería haber muertos en sus listas ni trozos de piel en sus barrotes y mucho menos debería existir la idea de que ese es un espacio seguro, donde convergen la sanidad, la humanidad y el buen trato. Ese lugar solo es un espacio en el que se despliega un cuento de terror que tristemente no es un cuento. Ese lugar que se disfraza de seguridad no es más que un espejismo que queremos ver para no sentirnos solos, un lugar con máscara y vestido que, todas las noches y también en el día, personifica los más grandes miedos y en donde los fantasmas toman nombres de comandantes y los esclavos se visten como auxiliares.

——–El infierno le queda pequeño a esos 1033 puntos muertos que hay tan solo en Bogotá.

 

Referencias:

El Heraldo (2020). Tres mujeres habrían sido abusadas en un CAI durante protestas en Bogotá. https://www.elheraldo.co/colombia/tres-mujeres-habrian-sido-abusadas-en-un-cai-durante-protestas-en-bogota-758022.

 

Diseñador gráfico: Diego Andrés Guerrero
Correctora de estilo: Angélica María León

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