Qué entiendo por «espacio seguro»
Leonardo Rico Charry

 

«There’s no place like home».
El mago de Oz, Frank Baum

Introducción

——–Podemos ver las distintas piezas que conforman la presente edición de Straversa como una serie de espejos que apuntan hacia lo mismo. En el centro de todo podemos ver una imagen proyectada, una especie de holograma conformada en conjunto con la perspectiva que refleja cada uno de los espejos. Hablo, por supuesto, de la noción de «espacio seguro». En cada texto y en cada imagen que conforman este número podemos ver un ejemplo intuitivo de este concepto, una tajada de vida interpelada por el ingenio, una experiencia encapsulada en el lenguaje (tanto en símbolos como en textos). Una comprensión comprometida de estos textos y una visión en conjunto de los mismos obviarían por completo el punto de este artículo, pues es en la experiencia vivida, en la descripción —más que en la explicación—, donde realmente podemos llegar a entender un fenómeno. Sin embargo, es importante guiar al lector desprevenido, encaminarlo hacia el punto que intentamos hacer, mostrarle el camino, la visión desde arriba de un laberinto que solo se puede conocer recorriéndolo. Mi objetivo es, justamente, intentar capturar una definición lo más cercana posible a lo que vivimos cuando hablamos de un «espacio seguro». El carácter filosófico inevitablemente termina adoptando características explicativas, pero para guiar el camino a veces hay que dar instrucciones. Mi objetivo es hurgar en lo más profundo de la estructura de nuestra experiencia de un espacio seguro; esta estructura no se trata de algo que yazca bajo cuerdas, sino que más bien es el producto de una mirada detenida y, en ese sentido, busca ser lo más descriptivo posible, intentando ser fiel a este fenómeno humano colectivo.

——–Desde la perspectiva de la hermenéutica (teoría de la interpretación) de Heidegger podemos acercarnos al punto al que quiero llegar: reinterpretar la idea de «espacio seguro» como algo meramente físico y material y apuntar hacia una noción mucho más dinámica que pueda encapsular el carácter cambiante de esta experiencia. También intentaré aterrizar este concepto desde algunos ejemplos literarios de Pedro Salinas y Fernando Pessoa. Empecemos, pues, con las configuraciones internas y externas de la experiencia del «espacio seguro».

 

El estar-en-el-mundo (configuración interna)

——–Fijemos como punto de partida el fragmento de un poema de Hölderlin, que da título a una de las conferencias de Heidegger, a saber: «poéticamente habita el hombre en esta tierra». Para entender lo que implica este fragmento es importante, primero, saber qué entendemos por «hombre». En Ser y tiempo, que trata de la pregunta por el ser, se hace una formulación de lo que es el ser del hombre. Este giro de pensamiento consiste en entender al ser humano y al mundo por fuera de las tradicionales categorías de sujeto y objeto; de tal manera que ni somos un ente al que se le presentan las cosas desde una abstracción por encima de ellas, ni tampoco las cosas que nos rodean conforman un mundo ajeno con el que decidimos relacionarnos. Es decir, no estamos ante el mundo sino que estamos en-el-mundo y siempre en relación con nuestro entorno. Podríamos, desde ahí, establecer una relación de sujeto-objeto con las cosas, pero sería simplemente un modo de esa constante relación con el mundo que es fundamentalmente primordial. Pero aquello que define al ser humano es que no solo está-en-el-mundo sino que está abierto al mundo, a los demás y hacia sí mismo: es el ser que pregunta. Tratar de definir una esencia humana resulta una paradoja, pues aquello que es común a todos nosotros es, precisamente, que no hay nada que sea común a todos; por eso la pregunta por el ser del hombre nos encamina hacia la apertura, o sea, una apertura de posibilidades; el humano es el que puede ser esto o aquello o lo otro, pero nada esencialmente en específico. A esta forma de ser de la existencia humana, Heidegger la llama dasein que traduce, literalmente, ser-el-ahí, pero se puede entender como ser-ahí, estar-ahí o estar-en-el-ahí.

——–El dasein, además de abierto, es un ser histórico desde que nace, el mundo en el que está y con el que se relaciona ya está previamente significado. Ser humano implica empezar a existir en una cultura determinada bajo ciertas creencias y valores irremediablemente preestablecidos; implica ser arrojado al mundo, de tal manera que toda experiencia y todo conocimiento (incluso el que se proclama «objetivo») están inscritos en un contexto en específico e ineludible. Esta condición histórica del dasein y su mundanidad van estrechamente ligados con el lenguaje, ya que «solo donde hay lenguaje hay mundo […] [y] solo donde se establece mundo hay historia». El lenguaje edifica el mundo, construye significados y constituye la historia en la que estamos preinscritos como ese lugar en que habitamos; y es este habitar al que se refiere Heidegger en el poema de Hölderlin. Si bien se pretende ir más allá de la idea literal que el término a secas nos podría recordar (un techo o una casa explícitamente material), es justamente esa imagen de la protección hogareña la que se pretende evocar. El dasein, como un pájaro, va buscando ramas para hacerse una cálida morada, un nido de palabras, un espacio donde asienta su ser, su estar-en-el-mundo; el lenguaje es la casa del ser, es lo que nos permite recorrerlo, pero también este nos recorre y nos rodea constantemente en cada cosa que nos envuelve: «Cuando caminamos hacia la fuente, cuando atravesamos el bosque, siempre caminamos o atravesamos por las palabras “fuente” y “bosque”, incluso cuando no pronunciamos esas palabras, incluso cuando no pensamos en la lengua».

——–Una vez establecido el lenguaje como aquello que constituye, entra en juego el poetizar pues, para Heidegger, es lo poético lo que fundamenta el lenguaje (y no al contrario, como se podría pensar tradicionalmente); pues en el poetizar es donde el lenguaje se reformula y, con este, a todo nuestro mundo le sucede lo mismo y sostiene el habitar humano. Es lo poético lo que permite habitar, construir en un principio y, a su vez, aquello construido —y el seguir construyendo— es el lugar en donde habitamos. Así, el habitar poético no es algo que le compete solamente a los poetas sino que es parte fundamental de la existencia humana y, de igual manera, tampoco es algo que nos eleva a otro mundo o nos saca de aquí —como lo podría sugerir la imagen del poeta que vive en el mundo de sus construcciones fantásticas—, sino que es, precisamente, aquello que asienta nuestra mundanidad-de-acá y es esto lo que se aclara al decir que se habita «en esta tierra». De esta manera, el poetizar «[…] no sobrevuela la tierra ni se coloca por encima de ella para abandonarla y para flotar sobre ella. El poetizar, antes que nada pone al hombre sobre la tierra, lo lleva a ella, lo lleva al habitar». (Heidegger, s. f, p. 167).

——–En ese sentido, «espacio seguro», en tanto parte fundamental del habitar poéticamente, es algo que sucede en lo intuitivo: nos relacionamos, antes que nada, pasionalmente con el mundo; las primeras impresiones que tenemos son meramente de esta índole. La relación que se establece con el lugar seguro es, primordialmente, intuitiva y pasional: no necesitamos razones para sentirnos seguros, ni pensamientos para saber que un lugar es para nosotros algo que nos genere tranquilidad, alegría, excitación, euforia, etc. Se puede, por supuesto, llegar a un lugar seguro desde el pensamiento racional: una lectura compleja que logra ser descifrada, la solución a algún problema personal después de un largo meditar al respecto, una ecuación matemática que logramos resolver después de un gran esfuerzo intelectual; incluso, en tanto acontecer, podemos tener como lugar seguro el mismo acto de pensar, leer, escribir, meditar, etc. Pero esto no es lo que define al lugar seguro en tanto experiencia humana en común es, de hecho, la excepción a la norma general. El pensamiento es tan solo un modo muy específico de darse esta experiencia.

——–Se trata de un mundo que no solo está en constante cambio por su naturaleza física, sino que es también continuamente modificado por nosotros a nuestras necesidades y anhelos estéticos. «Tú vives siempre en tus actos./ Con la punta de tus dedos/ pulsas el mundo, le arrancas/ auroras, triunfos, colores/ alegrías: es tu música./ La vida es lo que tú tocas». Así empieza La voz a ti debida del poeta español Pedro Salinas. Pero no basta con el tacto, las piedras y los árboles, por sí solos pueden resultar ajenos, extraños, absurdos; porque nosotros no solo vemos árboles y piedras, vemos frutas para comer, sombras para el sol, tablas para un techo, hojas para escribir, herramientas, bastones, armas, adornos… «De tus ojos, solo de ellos,/ sale la luz que te guía/ los pasos. Andas/ por lo que ves. Nada más», así sigue el poema de Salinas: la transformación del mundo a nuestra medida empieza desde el primer momento en el que lo sentimos. Y esta transformación siempre apunta hacia un habitar, es decir, hacia un hogar, hacia un cuidado, hacia un espacio seguro para nosotros que se acople a nuestra particular manera de vivir.

 

El espacio y el lugar seguro

——–El espacio seguro, en su máxima expresión, es la muestra perfecta de una relación hermenéutica (interpretativa) idónea; quien lo experimenta abre los horizontes de su subjetividad hacia el mundo y es interpelado genuinamente desde la seguridad de este espacio. El encuentro con el espacio seguro es una experiencia fundamentalmente transformativa, en otras palabras, es una fusión con la otredad. Pero no es cualquier otredad, es, más bien, algo muy específico: aunque pueda sonar paradójico, es una otredad que desde un principio se nos hace familiar, y tiene que ser familiar (al menos en cierta medida), porque es precisamente esta familiaridad lo que posibilita su carácter «seguro». En esta sección busco aclarar mi preferencia por el término «lugar seguro» en vez de «espacio seguro». Un espacio seguro, por supuesto, puede llegar a ser un lugar seguro en sí mismo, pero no todo lugar seguro es necesariamente un espacio seguro. Es preferible pensar el espacio seguro, aún bajo la metáfora de extensividad propia del «espacio», más que como un espacio en general, como un lugar. El término «espacio» evoca la imagen de aquello que nos rodea, una extensividad-externa en la que sucedemos y que también nos envuelve y nos interpela desde afuera. El término «lugar» indica algo mucho más concreto, un punto particular en ese espacio: punto que además es mutable y que en cada segundo sigue sucediendo.

——–El lugar seguro es un flujo que se actualiza al ritmo del acto; es decir, un evento que se da en el constante juego relacional entre el lugar —en tanto evento material— físicamente mutable y el lugar en tanto su memorización interior volátil. De tal manera que puede ser un espacio, pero también puede ser una persona,
                                                                                                                      una rutina,
                                                                                                              un gato,
                                                                                                              un perro,
                                                                                                  un árbol,
                                                                                    un objeto,
                                                                   un deporte,
                                                  una canción,
                                                                          una novela,
                                                              un poema,
                              una llama encendida,
                                                       un jugarle a la vida,
                                                                                 o un espejo.

——–En fin, el lugar seguro es más bien algo que sucede en el constante juego de interior/exterior, donde cada aspecto afecta mutuamente a otro. En este sentido, el lugar seguro es, ante todo, un volver hacia sí mismo, reconectarse con una versión anterior de nosotros que queremos rescatar. Por eso es, primero que todo, un ejercicio de autorrememoración: recordar cómo éramos cuando estábamos en dicho lugar. Cada vez que volvemos somos personas distintas y, por lo tanto, también tenemos un recuerdo distinto de lo que éramos, pero cuanto más regresamos a ese lugar más se reafirma como lugar seguro y más nos reafirmamos a nosotros mismos como auténticos; no desde la noción de autenticidad como una esencia inmutable que debemos mantener, sino, precisamente, desde el reconocimiento de nuestra propia mutabilidad. El lugar seguro nos confronta con nuestros cambios inevitables, pero también nos recuerda que podemos sentir que somos realmente nosotros a pesar de ello. Allí sentimos que podemos elegir lo que deseamos ser a futuro, podemos elegir acercarnos al mundo tal y como lo hacíamos antes; que podemos, en fin, reconciliarnos y determinarnos abiertamente por esa noble e intensa imagen de lo que fuimos.

 

El lugar seguro en Tabacaria

——–Este momento de encuentro se ve perfectamente plasmado en Tabacaria (o Tabaquería), uno de los grandes textos de Fernando Pessoa, escrito desde el heterónimo de Álvaro de Campos, que es, en mi opinión, una de las obras más importantes en la poesía portuguesa. El poema, como dijimos, se enuncia desde la voz futurista de Álvaro de Campos, en específico desde una decaída que procede luego del éxtasis y la energía de sus otras odas (Oda triunfal y Oda marítima); y es, además, un poema que está en constante diálogo con la totalidad de la obra de Pessoa. El punto de partida anímico de Tabacaria es una voz poética que navega en un espectro de emociones propias de alguien que se presenta desde una inconformidad con el mundo a su alrededor y consigo mismo. Por ello, uno de sus ejes centrales que nos interesaría analizar al buscar una definición de «lugar seguro» es la dicotomía entre el sentir y el pensar, movida por un constante desasosiego. El poema empieza exponiendo el estado de su yo poético con una simple reflexión: «No soy nada/ No puedo querer ser nada» (Pessoa, s. f.)1 que se expande en un monólogo existencial sobre su enajenación e insignificancia con respecto al mundo y a sí mismo:

——–Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(y si supieran quién es, ¿qué sabrían?).
Das para el misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
para una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y de los seres,
con la muerte a por la humanidad en las paredes
y los cabellos blancos de los hombres

con el destino a conducir la carroza de todo por la estrada de nada (Pessoa, 1944).

——–En estos versos se hace hincapié en el pensar como algo destructivo que resulta aún más devastador cuando está en conflicto o resonancia con el sentir; esto genera, entre otras cosas, el famoso desasosiego. Este término y su desarrollo se ven profundizados aún más en el heterónimo de Bernardo Soares, en el Libro del desasosiego. En Tabacaria, estas reflexiones acerca de sí mismo lo dejan, precisamente, en un lugar emocional y espiritualmente agitado, en búsqueda constante de una tan anhelada tranquilidad.

——–Además de la dicotomía sentir/pensar, también se menciona en Tabacaria las dicotomías entre interior/exterior y sueño/realidad, temáticas que Pessoa también comparte con el resto de la obra, pero que se ven concretizadas en este poema:

——–Estoy hoy perplejo como quien pensó, creyó y olvidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que le debo,
a la Tabacaria del otro lado de la calle, como cosa real por fuera
y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro (Pessoa, 1944).

——–Aquí, pues, surge la imagen de la Tabaquería como un lugar axiológicamente fijo, cuya imagen se basa en un constante diálogo entre la idea de la tabaquería como lugar físico en el espacio y la tabaquería como fenómeno al interior de la voz poética: el sueño y la realidad, lo fáctico y lo ficticio confluyen mutuamente en cada lugar que experimentamos.

——–A pesar del tono desesperanzador a lo largo de todo el poema, donde confluye un spleen baudeleriano y las dicotomías de la vida con un estilo al verso libre inspirado en Whitman, a pesar de la derrota como elemento central en el poema, la Tabaquería, en tanto materialización de la banalidad del mundo exterior, se presenta, al final de todo, como un espacio seguro donde Campos puede sentirse aliviado de todo el caos que se genera entre el pensar y el sentir.

——–Pero un hombre entró a la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí [sic].

——–Me levanto enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

——–Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.

——–Sigo el humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la consciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar mal dispuesto.

——–Después me acuesto para atrás en la silla
y continúo fumando
mientras el destino me conceda, continuaré fumando.

——–(Si yo me casase con la hija de mi lavandera
tal vez fuese feliz).

——–Visto esto, me levanto de la silla. Voy a la ventana.

——–El hombre sale de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en los bolsillos del pantalón?).

——–Ah, lo conozco; es Esteves sin metafísica.

——–(El dueño de la tabaquería llega a la puerta).
Como por un instante divino Esteves se volteó y me vió [sic].
Me dijo adiós y le grité: ¡Adiós Esteves!, y el universo
se me reconstruye sin ideal ni esperanza, y el dueño de la tabaquería sonrió. (Pessoa, 1944).

——–Aquí, cuando el mundo se le reconstruye ante la sencillez de «Esteves sin metafísica» o ante la conclusión de que «la metafísica es una consecuencia de estar indispuesto», podríamos decir que es el instante preciso cuando Campos entra en su lugar seguro (nótese que no hace falta entrar físicamente en la tabaquería; basta con verla por la ventana).

——–De esta manera, la voz poética logra llegar a la tranquilidad, sí, por el sentir las cosas como son, pero también luego de un largo proceso reflexivo. Así, el espacio seguro, en tanto evento, solo puede hacerse efectivo desde la conciliación de lo interior pasional (sueño) y lo exterior racional (físico). Se trata de un largo proceso móvil donde, al final, se vuelve a sí mismo, la sencillez y la paz de la vida cotidiana como solamente eso.

 

Conclusión

——–Una vez empezamos a entender el espacio seguro como una experiencia vital del ser humano, es más fácil entenderlo como un acto, algo que nos conforma constantemente y que, de una u otra manera, siempre estamos buscando perseguir o construir. La literatura, el cine, la música, el teatro, la pintura, en cualquier medio podemos encontrar ejemplos de este espacio seguro que busca ser agarrado en un instante. Tan solo nuestra experiencia viva nos da una intuición de lo que realmente puede ser este estado de ánimo. Debemos apuntar, en nuestras relaciones, esta autenticidad que solo se puede alcanzar reconociendo cuáles son nuestros espacios seguros donde más nos sentimos nosotros mismos; este es, en mi opinión, uno de los puntos principales de este nuevo número de Straversa.

______________________
1 Todos los fragmentos citados de Tabacaria son traducciones propias del poema original en portugués.

 

 

Bibliografía:

Heidegger, M. (2012). Ser y tiempo. TROTTA.

Heidegger, M., Coello, L. & Gabaudán, C. (2010). Poéticamente habita el hombre en esta tierra. En Caminos de bosque (2.da ed.). Alianza Universitario.

Salinas, P., & D. (2014). La voz a ti debida (1.a ed.). Digitalia. 

Pessoa, F. (1993). Tabaquería. En Poesías de Álvaro de Campos. Editorial Ática.

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